La Carta a Cata

Desde que llegué a São Paulo, hace más de año y medio, le escribo cartas a mi hermana Catalina. Ella vive en Pereira (Colombia) y no puedo llamarla porque no tiene teléfono ni celular ni computador. Bueno, teléfono tiene pero solo lo usa los domingos y en cierto horario… así que pocas veces coincidimos para escucharnos la voz.

Esta situación extraña de incomunicación se debe a que Cata vive en un convento, porque quiere ser Franciscana en una de las comunidades más austeras que hay. Le escribo cartas para compensar o quizá acompañar, con algo patente y aterrizado en palabras, nuestra separación. Porque además de la distancia y el tiempo, muchas otras cosas nos han cambiado y perdido de vista.

Ya hemos pasado meses sin hablarnos, así que mis cartas muchas veces parecen más un monólogo. Una especie de diario de viaje con una que otra pregunta, de aquellas que no son urgentes pero que siento que tengo que hacer. Al comienzo omitía muchas cosas, me costaba relatar y al mismo tiempo hacer que fuera una conversación con ella -aunque sus partes de diálogo vengan como viajando en el espacio todavía a mil años luz- para sentir que la incluía en todo lo que contaba. Había mucha censura en mis primeras páginas, especialmente al no compartir creencias religiosas (yo ya no tengo ninguna) hay muchas cosas que le cuento que podrían aturdirla, preocuparla, atormentarla por mi alma perdida y todas esas reacciones que vienen con la idea de deber, pecado y vigilancia omnipresente del catolicismo.

Después decidí que no omitiría nada más. Que escribiría pensando en la Cata con la que crecí, que era tan diferente a la de ahora y con la que tenía más cosas en común. Eso contradice un poco el proceso de duelo que hice cuando ella decidió irse, con el que enterré la idea de futuro que tenía donde aparecía ella viajando conmigo y donde yo aparecía viendo a sus hijos crecer como la tía más consentidora, entre otras imágenes. Sin intentar llamarla para esa otra vida, tan mía y tan diferente de la que escogió, decidí que mis cartas serían como una ventana, quizá la única en la habitación de su mente a través de la que podría ver cosas diferentes. Así que no omito detalles y me excedo en descripciones. De personas, de lugares, de sensaciones, de miedos, de emociones, de paisajes, de climas, de plantas, de precios.

Si alguna vez lo han intentado, sabrán que cuesta mucho trabajo escribir cartas. Recuerdo en los museos ver aquellas cartas antiguas tan cortas que viajaban por meses con mensajes tan sencillos pero cargadas de tanto sentimiento. O los telegramas, tan prácticos y tan concisos. Parecían todos tener claro qué es lo más importante al escribir a un ser querido, resultando al final con una misiva que todavía podría conmover y transmitir y la <em>saudade </em>e incluso la emoción de las noticias a cabalidad. Yo quería ser así, escribir cartas <em>estilosas </em> a la antigua, con mejores en lugar de más palabras. Leí muchas como inspiración pero al final no me fluían medievales del todo y fui perdiendo interés por refinar el método aquel inspirado en las cartas de Brain Pickings. Otras cosas llamaban más mi atención.

Desde el principio escribí a mano, por ejemplo. La lentitud del proceso me cambia la narrativa.  Al comienzo escribía con un color diferente por cada sesión de carta (unas dos o tres páginas por vez) e inmediatamente me daba cuenta de lo bonita, contraída, pequeña, relajada, tensa o ilegible que podía ser mi letra en diferentes días. Nada que no notara cuando aprendí a escribir, pero es un termómetro que me sigue pareciendo mágico. La sensación de la mano cansada que me hace resumir o despedirme rápido por ese día para continuar al siguiente también es algo que no experimentaba hacía tiempo.

Porque así es, me despido y continúo en la siguiente línea como si fuera un chat en el que ella lee cada pedazo mientras el cuaderno en el que escribo está cerrado y yo por eso tengo que avisarle que voy y vuelvo. Eso hace parte de mi método, que es extender la experiencia. Le mando una carta cada mes, a veces cada mucho más tiempo, así que hago que cuando llegue valga la pena la espera. Lleno cuadernos enteros que me la imagino comiéndose de sopetón. Y esa imagen hace que le escriba más, más desmenuzado, con más detalle. Sobre lo que estoy haciendo y desde dónde le escribo en el momento y también sobre lo que le voy a contar de facto. Como si fuera una libra de chocolate empacada en trocitos de diez gramos.

En la más reciente me obsesioné con el tiempo de lectura, porque sigo queriendo extenderle la experiencia de cada carta. Así que puse a escribir de formas extrañas. En espirales, en caminos que recorren hojas y hojas y luego se regresan, escribiendo una línea en un sentido y la siguiente al revés para forzarla a girar el cuaderno y pasar más tiempo llegando a las palabras. Esa fue linda, hasta me dijeron que podría llevarla a una editorial para publicarla. Además que era en un cuaderno precioso que compré en Buenos Aires, ilustrado por Gabi Rubi en páginas aleatorias con unas flores y unas frases lindas.

Varias veces le escribí a Cata, después de contar alguna cosa escandalosa, que nunca quemara ni donara la carta. Que si se quiere deshacer de ella la mande a casa de un familiar o amigo mío, porque ya la siento como mi patrimonio. Yo, que solo tenía mi celular para tomar fotos y ahora ni eso tengo, hice de esa carta muchas veces mi único resumen visual de todo lo que Brasil me ha regalado.

Quién sabe, a lo mejor un día la ventana se convierte en un puente para que ella cruce de regreso.

 

Paseo mineirão

Belo Horizonte

Ay, Minas. De todo lo que he conocido en Brasil, el rincón que más me hace sentir en casa. Y especialmente este fin de semana, todos los colombianos fuimos locales en Belo Horizonte. Como dicen los que saben, el dia del partido contra Grecia el Mineirão parecía la casa de la Selección en Barranquilla.

Nunca antes fui a un partido de fútbol profesional. Mi debut no pudo ser mejor, conocí un nuevo alter ego que “echa madrazos” y grita hasta quedar sin voz, que canta el himno nacional con los ojos cerrados y abraza desconocidos para celebrar un gol.

 

 

Cuando salieron los muchachos a calentar, después de que la multitud eufórica le coreó una bienvenida a la leyenda del arco Faryd Mondragón, le pedí a un amigo que me tomara una foto desde mi silla. No supe cómo describir ese momento, salvo con una sonrisa.

:)

57.174 personas llenaron el estadio ese día. La masa amarilla de los tricolores, en la que se camuflaban también las camisetas de los brasileros asistentes, parecía querer prolongar ese momento para siempre y no paró el canto del himno aunque se terminara la pista. Y después de solo cuatro minutos ya estaba cantando el primer gol.

Sentada en el primer nivel de oriental, estuve más rodeada de brasileros y otros extranjeros que de colombianos. Pude ver el partido sentada la mayoría del tiempo y eso también resaltó la actitud de hincha manoteadora que me poseía y atraía las miradas de mis recatados vecinos de tribuna, que comían crispetas como si estuvieran en cine. Mi ignorancia sobre fútbol no fue impedimento para sentirme visceralmente conectada con el grupete de “niches” que corrían detrás del balón (que Grecia controló tanto tiempo) un par de centenas de metros frente a mí. Y antes de que pudiera comenzar a quejarme por el sol en la cara, cantamos el tercer gol y se acabó la dicha. Como me habían dicho que sería, se pasó muy rápido. En vivo es así: rápido, emocionante y todos se ven chiquitos.

Disfruté mucho de mi primera experiencia mundialista, pero tengo que darle crédito a dos hinchas queridos con los que compartí parte del paseo, dos chicos que son por mucho los más fanáticos del fútbol que he conocido. Allá nos encontramos, caminamos, tomamos buses y brindamos por la selección. Creo que no habría sido lo mismo si no hubiera andado con ellos.

Con el taxista que coleccionaba extranjeros en una competencia por whatsapp con otros taxistas de Belo Horizonte.

Y una vez más comprobé que las personas son quienes hacen que todo sea más lindo en un viaje. Me alojó la chica más genial de todo Belo Horizonte, amiga de un compañero del trabajo que sin conocerme me recibió en su casa y me mostró -con toda la experiencia y buenas fuentes que tiene una productora cultural- todos los mejores lugares de la ciudad que daba para ver en tan poco tiempo. Cómo me gusta conocer gente así, que comparte sin esperar nada, sólo por el gusto de “espalhar” la buena energía. Ése es el tipo de persona que quiero ser.

Con los chicos y Gigi, la leyenda amazónica.

Belo Horizonte me enamoró muy fácil con sus encantos y con las sugerencias expertas de mi anfitriona, que nació en Amapá (región amazónica) y vive en la capital mineira hace 14 años. 14. Más verde que São Paulo, rodeada de montañas que me recuerdan a los queridos cerros de Bogotá y las lomas de Boyacá, me hizo sentir tan a gusto que me encantaría vivir ahí un tiempo y disfrutar todos los días las delicias de la culinaria minera que es tan famosa en Brasil.

El viaje fue mucho más de lo que esperaba, fueron cuatro días sustanciosos y emocionantes de dormir poco y aprovechar mucho. A veces me siento demasiado afortunada, quizá en mi caso aplica aquello de que Dios le da pan al que no tiene dientes. Pero sé que tengo una lengua que saborea y aprende con ansias para intentar compensar.

Dé lirios.

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El despeluque sonriente

 

Voy a un partido de la Copa

"Brasil es mi abismo", Daniel Santiago.

“Brasil es mi abismo”, Daniel Santiago.

Vivo en Sao Paulo desde enero del año pasado. Quizá por eso no me ha sorprendido que la ciudad, a tres días del partido de apertura del Mundial de fútbol, no esté toda adornada con parafernalia futbolística ni se respire ese ambiente de Copa que cualquiera se esperaría en la ciudad más importante de Brasil. Desde que llegué he escuchado conversaciones hasta de los más hinchas donde el inconformismo con la situación general del país es protagonista.

Pasé el 2013, mi último año de carrera, en la universidad pública más importante del país: la USP. Conocí gente de derecha y también de izquierda, gente participante de movimientos estudiantiles y muy activa políticamente, bien informados sobre la gestión de este gobierno del PT (Partido Trabajador) en cabeza de Dilma. Hubo protestas en la ciudad que atrajeron la atención mundial por la violencia con que reaccionó la Policía Militar contra los manifestantes. Yo, que no veo televisión y no escucho radio y por esos días andaba con un pie fracturado, solo me enteraba de las protestas y sus detalles por las historias de mis amigos que llegaban de la calle a quitarse el gas pimienta y descansar las piernas adoloridas de tanto correr. Nunca vi nada parecido. Por esos días entendí que no sería la Copa imaginada en el país del fútbol. Por eso ahora no me sorprende la falta de alegría en la calle y hasta el recelo en la mirada de quienes ven una camiseta de la selección brasilera pasando por ahí.

Por eso una parte de mí se siente un poco mal de ir a un juego del Mundial. No es una situación que me gustaría estar apoyando, así no sea ciudadana brasilera. El fracaso de un gobierno social y la ascensión inminente de la derecha con sus fuertes políticas industriales y económicas de crecimiento no me parecen buenas noticias. Sea cual sea el descenlace del Mundial, la política en Brasil pareciera a punto de dar un giro muy brusco y no sé si los problemas por los que la gente está hoy protestando vayan a ser solucionados aunque venga un cambio radical de gobierno.

Para mi el Mundial tiene un tinte mezclado, porque nunca he sabido ser radical. Me emociona ver el boicot a algo que parece ser un anestésico, me parece válido y valeroso exigir respuestas y manifestar inconformismo por los engaños y la falta de soluciones. Pero también me emociona la energía ensordecedora de una multitud que alienta y se puede sentir tan identificada con un montón de símbolos que en otra época y para otros individuos no tendrían ningún sentido.

Así que voy por curiosidad, así como por curiosidad me lanzaría en paracaídas o me iría a Tailandia sola. Y los detalles de esa fecha a la que voy hacen que cuente como la experiencia de Mundial que me interesa vivir: Voy sola a Belo Horizonte, una ciudad que todavía no conozco (pero ya lo estoy planeando), aprovechando que me dieron todo un fin de semana de cuatro dias en la agencia. Voy sola al partido, con una boleta que mi papá me compró en su dia de cumpleaños durante la reventa oficial de la Fifa que fue hace unos días. Es el primer juego de Colombia después de 16 años fuera del Mundial y es un dia 14. No tengo camiseta (lo confieso), pero me la va a prestar un periodista inglés que cubre fútbol colombiano y el dia del juego tiene que irse de corbata.

Es muy bizarro escribir todo esto, pensar en lo mucho que ha pasado conmigo desde que escribí en este mismo blog sobre el Mundial de Sudáfrica y los comerciales del Corresponsal de Davivienda. Creo que el post sobre “organizarse para ir al Mundial” ha sido el más leído después de la guia para usar el SITP. Y no era ni la mitad de útil o interesante.

Si alguien va a estar en el partido con Grecia el 14 en Belo Horizonte, aquí les dejo mis coordenadas. Quien quita que me esté leyendo un vecino y al final no vaya sola.

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Conseguí trabajo en Brasil

El 14 de abril me levanté con las neuronas y las manos picándome por la subutilización. Después de terminar mi tesis, objetivo principal de este semestre, era necesario conseguir alguna ocupación productiva que justificara quedarme en São Paulo mientras llega el mundial. No, no estoy planeando ir a todos los partidos ni soy gran fanática del fútbol. Simplemente quiero estar aquí para presenciarlo, vivirlo in situ porque será caótico y fantástico.

Había llegado a pensar en trabajar en cualquier cosa, con la justificación de ser joven y todavía capaz de lucharla como mesera mientras ayudo a alguna ONG o iniciativa independiente a organizar su estrategia en redes sociales. Pensé en Ciclocidade (Asociación de ciclistas urbanos de São Paulo) y hasta los contacté por medio de una amiga que hace parte del comité fiscal, pero ¡oh sorpresa! conseguí trabajo más rápido de lo que ellos tardaron en responderme.

Ya había enviado muchas hojas de vida a un montón de lugares y, aunque no estaba pareciendo ser una estrategia exitosa, ese lunes 14 me levanté a bajar el torrent de Mad Men y GOT a ver qué había en trampos.co a lo que ya no le hubiera botado un huesito. Y encontré un par de ofertas nuevas así que envié otro par de CV en PDF. Seguí navegando, di con la nueva canción de Pomplamoose y me quedé pensando en lo lindo que se debe sentir un Tax Refund. 

Puse la canción en un loop infinito y de repente llegó un correo con respuesta casi inmediata de una agencia digital pidiéndome una entrevista para esa misma tarde. Un 14 de abril. Cantaba con emoción y con el volumen un poco más alto en los audífonos. Habría sido lindo grabarme, sería una estrella viral.

En ese momento no lo pensé, pero era mi primera entrevista de trabajo EVER. Es decir, los dos trabajos en comunicación digital que ya tuve (en los que fui muy feliz y con los que aprendí trillonadas) los conseguí en un proceso muy diferente que prácticamente consistía en conocer gente que quería trabajar conmigo y con los que yo quería mucho trabajar.

Así que nunca me había puesto a ver mi clóset (que en esta vida nómada que llevo actualmente es bien limitado) con tanto detenimiento. Decidí caer en el cliché solo para no arriesgarme y llevar unos tacones cómodos con la pinta de quien aspira al cargo de gerente. La project manager que me entrevistó fue un dulce y la oficina me pareció acogedora para una padawan curiosa e hiperactiva digital, así que me sentí en la confianza de decir que normalmente voy al trabajo en tenis.

Ese día salí sin ninguna certeza pero recibí al llegar a la casa un nuevo pedido de entrevista, esta vez con la dueña de la agencia. Me fui a dormir con la promesa de regalar todos los alfajores y chocolates que tenía guardados para vender si conseguía el trabajo. Y en la tarde del día siguiente me armé de valor y me fui en tenis a enfrentar la última prueba. Solo con las preguntas sobre mi signo del zodiaco, mis cualidades y defectos y la proyección de cómo me veo en 5 años me sentí completamente perdida, distraída pensando en lo mucho que me gustaría conocer la teoría de psicología organizacional que justifica esas valoraciones.

El resto del tiempo lo pasé pensando en lo mucho que podía aprender de mi entrevistadora, dueña mayoritaria y la única extranjera de la agencia. Judía de origen mexicano, que hizo colegio y universidad en Brasil pero que ya vivió en Alemania y Estados Unidos. ¿Han visto alguna mujer ambiciosa que cree firmemente en sus capacidades y es estratégica para conseguir lo que quiere? Bueno, así me pareció ella porque seguramente es lo que ella ha decidido transmitir sobre sí misma y se nota que se esfuerza por estar en control de esa imagen, que “se vende” a su favor.

Y en el trayecto de las 3 estaciones de tren entre la oficina y mi casa, esos 15-20 minutos que me demoro en llegar, la inseguridad me tuvo pensando en qué podría haber omitido y qué podría haber agregado. Llegué agotada a sentarme y desahogar mi experiencia con mi roomate psicóloga (experimental, que no por ser científica es menos buena escuchando mis dramas), hasta que dos horas después me llamó la project manager que es un dulce a decirme que querían trabajar conmigo. Y fui feliz y nos fuimos a tomar un café/té con torta en Vila Madalena para pasear las endorfinas.

Mi primera entrevista de trabajo, en Brasil. Para un puesto en el que el portugués es requisito indiscutible, al que se presentaron más de 50 brasileros con sus hojas de vida y experiencia previa. Y me lo dieron a mí. Todavía no me lo puedo creer.

Y hoy fue mi primer dia de trabajo, porque necesitaban a alguien urgente para comienzo inmediato. Fue un dia larguísimo y regresé cansada, con sobredosis de información (son 8 clientes para estrategia en redes sociales y la lista va en aumento) y de emoción por estar trabajando de nuevo, esta vez en un papel en el que voy a aprender como nunca antes. En otro país, en otra lengua, en medio de otra cultura.

I feel like a million, and one in a million.

Sonrisa cansada después de mi primer dia de trabajo en Brasil

Bob Ross no sabía de huevos podridos

Hoy hace un año estaba preparando mi almuerzo en la cocina de una hermosa casa en Alto de Pinheiros, donde vivía con aquella mujer que mencioné en mi recuento de fin de año. Ese día pasó algo, sobre lo que escribí unos meses después cuando conseguí mudarme. Nunca lo voy a olvidar.

Si los viajes lo cambian a uno, creo que yo tengo que darle gran crédito a esa mujer por ayudarme en el mío durante los primeros meses. Me endureció la piel y me enseñó lo peligrosa que puede ser la paciencia en exceso.

Celebrando que esta semana retomo mi estudio de portugués, porque un año de clases en la universidad aquí en São Paulo no me pareció suficiente para pulir la práctica de los diversos tonos informales que tiene esta lengua, comparto la crónica que escribí hace meses pero no había publicado sobre mi experiencia ese día en la cocina de la señora S.

Aún no la he corregido, así que va sin la suavizada que da el tiempo ni la complejidad que da el aumento de vocabulario. Ilustrando, una foto de la cocina que saqué de la página de airbnb donde encontré (muy a pesar mío) la casa maravillosa de una mujer terrible.

La cocina

Em São Paulo morei por seis meses na casa da Senhora S, uma mulher de 64 anos com energia e modo de vida de uma pessoa de 30. Casada e com filhos que mora sozinha porque é tremendamente independente. Nunca conheci ninguém como ela e ainda assim reconheço muitas características na sua personalidade que são iguais ou muito parecidas ás de outras pessoas que já conheci, incluindo a mim mesma. É então, uma pessoa estranha que me resulta curiosamente familiar.

É por isso que já conheço muitas de suas reações e compreendo muitas das suas regras. Porque sua vida esta completamente baseada nelas: jeitos que tem para cada coisa, todos baseados numa lógica muito racional e até muito prática embora de controladora. A casa toda funciona com essas pequenas e precisas regras, desde os sapatos que sempre ficam na entrada e não podem entrar á casa até o minuto que a gente tem que esperar para abrir de novo a geladeira se acabou de fechá-la. São regras simples, mas são muitas. E claro, a reação dela não é precisamente de paciência quando alguém não consegue conviver com todas ou pula alguma. Sem gritos ou palavras feias, só com gestos de ansiedade irritada, ela explica mais uma vez como a coisa deve funcionar. Nem é necessário dizer que é uma odisseia procurar uma moça que consiga passar direito todos os níveis desse jogo ou ficar mais de dois meses.

O conjunto de jeitinhos e regras dela é como uma complexa máquina perfeiçoada com a experiência, os erros e o tempo. Para viver com ela é preciso aprender as partes dessa máquina, conhecer todos os detalhes hipoteticamente úteis. Mas o mais importante é tentar compreender a lógica com que foi criada a máquina, para poder lidar com ela corretamente quando a Senhora S não esteja. Isso foi o que aprendi o outro dia, que vou contar nesta memoria.

Era sábado ás doce e pouco, desci á cozinha para fazer um almoço simples. A cozinha é o lugar mais delicado para a máquina. Há muitas peças frágeis e muitos erros possíveis. Há panos para cada coisa, três tipos de sabão diferentes e um uso específico das panelas, as facas de cozinha, os talheres, etc. etc. Lembro bem o que tem que ver com o uso básico da cozinha, ao final só tinha que deixar tudo no mesmo estado em que estava antes: normalmente limpíssimo e organizado. Mas a máquina é chata na parte da cozinha, então sempre tento não fazer mais bagunça da estritamente necessária.

Tirei meus ovos da geladeira para fazer uma omelete. Sobre o balcão de madeira, perto –mas não suficiente- da pia, quebrei um ovo. O mais bem: tentei quebra-lo, mas ele explodiu pelo gás e o conteúdo estragado deixando tudo ao redor espirrado. Nunca antes disso tinha experimentado o cheiro de enxofre horroroso do ovo podre. E justo foi na casa da Senhora S quando ela estava ausente. As instruções da “máquina dos jeitos” nesse momento mudaram automaticamente para chinês. Não tinha ideia sobre o procedimento de limpeza nessa situação.

Tive que sair com cuidado da cozinha, tomar um banho rápido e incômodo, trocar de roupa e tomar uma toalha de mãos própria para limpar o piso e as paredes com o sabão da pia. Porque não conhecia as regras para uma situação assim. Nem sentia vontade de tomar tempo para procurar na internet, coisa que para tudo eu faço. Limpei durante 3 horas, não fiz almoço nem comi coisa nenhuma e ao final da tarde eu sentia ainda pior o cheiro na cozinha. Quando a Senhora S chegou, cansada e já irritada por outro assunto, foi bem incómodo. Pelo menos só usei uma toalha própria e o sabão que eu mesma também forneço para lavar a louça, então não quebrei peças da máquina.

Só depois de que a menina que ajuda com a limpeza da casa chegou de emergência no dia seguinte e eu consegui tomar banho até só cheirar sabão, fiquei tranquila. Mas é uma coisa que não vou esquecer nunca, essa sensação de não saber como atuar para enfrentar um problema prático que precisa solução de forma imediata. A ansiedade que cresce, o sabão e a agua que correm e o cheiro de podre que fica como se fosse bruxaria.

O Bob Ross de The joy of painting, que eu curtia tanto quando menina, disse alguma vez “There’s no mistakes, only happy accidents”. Eu acreditei nele e suas frases felizes até que tive que morar com a Senhora S.

Sambayón

Llegué para el amanecer. Calculé mal la hora de llegada, era demasiado temprano y el remis (así le dicen al taxi informal de confianza en Argentina) todavía no había llegado. Me comí la manzana que me empacó Rocío pensando en lo que me había advertido: Martín dormía hasta tarde y no sería muy buena idea despertarlo con una llamada avisando que llegaba im·promp·tu, de sopetón. Carajo, por qué no avisé el día anterior que viajaba para llegar a esa hora. Me confié y se me olvidó cuando tuve en mis manos las llaves de su casa. Ahora tenía que hacer tiempo, así que la solución que se me ocurrió fue pasar (desapercibida), dejar la mochila y salir de nuevo para caminar y comer algo mientras llegaba una hora decente para entrar y presentarme.

Pobre, creo que realmente lo asusté cuando abrí la puerta del apartamento y lo vi en el sofá viendo una maratón de House of Cards por Netflix que había comenzado la noche anterior. Yo lo pensé y él lo mencionó: carajo, por qué no timbraste. De nuevo, me confié por las benditas llaves. El momento incómodo no se prolongó demasiado. En mi caso porque tenía una mezcla de sueño y emoción que suprimía la vergüenza; me gustó demasiado lo que vi por la ventana del remis desde la terminal de Retiro hasta esa dirección en Almagro como para sentirme mal. Y él no se incomodó tanto porque no tiene remedio su buena onda: no sólo encargó que me dieran unas llaves extra de su casa mientras yo estaba en Córdoba para poder llegar independientemente de si él estaba, además -cuando le llegué de sorpresa madrugadísima- salió a comprar facturas para el mate, volvió con la prensa del día para que pudiera contextualizarme y me ofreció una silla en su balcón lleno de plantitas para que pudiera poner ahí al tiburoncín y usar internet. Un santo de la paciencia con superpoderes caritativos.

Martín también es de Bell Ville, durante muchos años fueron vecinas su familia y la de Rocío *mi compañera nómada en el 2013*, y son mejores amigos de infancia con el hermano mayor de ella. Ya acostumbradas a viajar sin pagar hoteles ni hostales ni campings ni hamacas en la playa siquiera, era lógico que yo buscaría un desconocido/amigo de un amigo para alojarme gratis en Buenos Aires una semana y ella me ayudó a encontrarlo, con sus contactos de local. Por supuesto y como siempre, no esperar nada más que un colchón y una ducha hizo que todo lo demás fuera una maravillosa fortuna.

Las primeras horas puse a marcar en el mapa de Buenos Aires todo lo que quería visitar y todo lo que me recomendaban con puntos color azul default y cada día regresaba a convertir los que había visitado en tachuelitas de un color distinto.

La mateína ofrecida por mi anfitrión tuvo su efecto y en lugar de dormirme arranqué ese mismo día a caminar por el barrio (las tachuelitas de azul claro).  Pasé por La Huella, un centro cultural que estaba cerrado y por la misma calle llegué a un almacén en una esquina, viejísimo, que se llamaba La Casa de las Aceitunas y olía precisamente a eso; me hizo pensar en el Almacén Don Manolo de Quino en las tiras de Mafalda, con todos los frascos y latas apilados.

Luego di de frente con el Abasto, un hermoso edificio que solía ser una plaza de mercado como las que me gustan (?) y hoy es un centro comercial como cualquier otro por dentro, salvo por su McDonalds Kosher. Seguí paseando y llegué a La Rica Vicky, restaurante peruano que me recomendó Miguel y que confieso era mi objetivo desde que salí de la casa. No me decepcionó: barato, ogro y sabroso. Una leche de tigre y un ceviche para morirse.

Quisiera destacar en esa primera caminata ya tenía internet en el celular y mi mapa de puntos mágicos a la mano, gracias a la sim que compré tan pronto me bajé del bus en Retiro y que comenzó a funcionar inmediatamente.  En cada esquina sin señalización de nombres de las calles (gran defecto de la ciudad)  le agradecía a Monesvol por estar en una metrópoli que, a diferencia de São Paulo, goza de unas telecomunicaciones decentes y wi-fi libre del Gobierno de la ciudad en un montón de lugares.

Después del almuerzo seguí caminando por la avenida Pueyrredón hasta llegar a la Santa Fe. Y ahí me encontré con el cielo a medio abrir de las boludeces lindas; a medio abrir porque era lunes y al parecer ése es el dia libre de estos chicos, jóvenes diseñadores y artistas dueños de las tiendas, talleres y galerías donde se encuentran libros y publicaciones independientes, ropa, música local de bandas que nadie conoce (aún), muebles y objetos de decoración y todas esas cosas que yo ya decidí no comprar porque me impiden mudarme más fácil. Si, es un sitio hipster. Y me gustó y me enamoré de todo y tiene facebook si les da curiosidad.

Después de sacar a pasear con la mirada a mi consumista interna, volví a la casa a bañarme y descansar. Pero todavía no podía dormir así que al rato, por recomendación de Martín, me fui al Konex que también estaba cerca a ver La Bomba del Tiempo. Llegué tarde pero igual me alcancé a contagiar lo suficiente con la energía de los tambores y volví con mucha disposición a probar el colchón prestado.

(Continuará)

Salamín

Es media noche del octavo dia que llevo en Argentina. Voy en la primera fila del segundo piso en un bus que va de Bell Ville (en Córdoba) a Retiro, el terminal de Buenos Aires Capital. Voy escuchando Arjona, el vidrio panorámico que tengo al frente está medio quebrado y lleno de cagadas de paloma y a mi lado va dormido un wachito que por poco me apoya la cabeza y las piernas encima, pero soy feliz. Este es el primero de tres países nuevos que conoceré este año.

Córdoba me recordó mucho a Bogotá con sus edificios de ladrillo colorado, con sus árboles y su llovizna con viento frío. Tuve suerte con el clima, o quizá no tanta, porque como venía preparada mentalmente para un calorón húmedo constante me traje toda la ropa de la sección equivocada del clóset. Ni una camperita, ni un pantalón siquiera.
Volamos con Rocío (mi compañera de nomadismo del 2013, cordobesa) a Rosario, gracias a una promoción de TAM en un nuevo intinerario directo desde São Paulo. Habíamos separado asientos en primera clase sin saberlo. Recibimos cual lotería millonaria la mantita y almohada. Nos bajamos en Rosario y Argentina me recibió con sus brazos abiertos en forma de wi-fi libre. Acostumbradas al viaje mochilero y a la amabilidad de los brasileros en la ruta, intentamos hacer dedo/autostop/carona hasta Bell Ville pero nos chocamos de frente con esa seriedad un poco agresiva que surge de la desconfianza para quien no está acostumbrado ni es flexible ante la idea de llevar un par de cuadras a un par de desconocidas.  Después de varios intentos la única que nos llevó del aeropuerto hasta el terminal de colectivos era una chica brasilera. Así que me costaba leer los avisos en español durante el camino, porque hacía más de un año que no lo leía en la calle y porque dentro del carro todavía seguía hablando y escuchando portugués.
En la terminal mi compañera argentina aterrizó en la realidad de las empanadas a 9 pesos, la de las tablas de precios con borrones visibles o papelitos pegados a medias como si escondieran algún premio detrás. Ahí supe que la plata no me rendiría tanto como esperaba y lamenté no haber traído más.
Llegamos a Bell Ville, la ciudad donde nació Rocío y donde vive su familia. Pequeñita y llena de idiosincrasia cordobesa, de familias conocidas entre sí, de abuelos entrañables que esperan el regreso esporádico de sus nietos mientras juegan al tennis en el club deportivo que es el orgullo de sus habitantes o caminan en el lindo Parque Tau por donde pasa un rio navegable y nadable que atraviesa la ciudad. Llego casi al final de la siesta, en la que todo cierra y sólo bolas de heno pasan por las calles. Conozco un kiosko, como una tienda de barrio colombiana donde se consigue -dice la leyenda- de todo. Comienzan los reencuentros de Rocío en el centro de la ciudad y luego nos vamos a su casa, en las afueras.
Y como si fuera propensa a los accidentes de viaje para probar el sistema de salud de cada país, me entra un mugre en el ojo y me arruina la inspección del paisaje en la ruta. El desgraciado se resiste a tal punto que me hace llorar de desesperación, bañarme con suero y agua y rogar que me saquen con depilador una pestaña torcida a la que incrimino injustamente. Al dia siguiente, después de desayunar con Rocío, su madre y una de sus amigas en un lindo lugarcito donde se junta la gente a merendar, me fui a buscar un oftalmólogo para solucionar el problema. Como no había ninguno de turno en el hospital público tuvimos que ir al consultorio privado donde con delicadeza y una deliciosa anestesia el experto me sacó el “residuo vegetal” que me estaba volviendo loca. Afortunadamente no me alcanzó a hacer ninguna herida grave, pero igual tuve que ponerme un antibiótico tópico unos días. El chistecito me salió por unos 360 “mangos” argentinos, muchísimo más de lo que me han costado juntas mis 2 fracturas y mi torción de tobillo en Brasil. Pero ¡cómo agradecí la dramática sensación de alivio con la que salí del consultorio! Valió cada centavo.
Conocí las historias de Bell Ville y su comunidad, entendí la nostalgia de mi amiga por el pueblito de sus cuitas y me enamoré de la ternura de sus abuelos. La noche que llegó Sol (su hermana) con Guillermina (su primera sobrina, recién nacida) fue muy emocionante, también porque comenzó con mi primer asado argentino, preparado por el agrónomo de la familia hermano de Rocío. Nunca deja de sorprenderme el poder de convocatoria y de  que tienen los bebés.
Luego nos fuimos a Córdoba, aprovechando una carona familiar. Me fui tomando mates durante el camino sentada junto a Lucho, un cachorro que era todo un lord acostumbrado al auto. Lindos los arcos de Córdoba y todo lo que había detrás. Nos recibió con un clima frio, lluvioso, bogotano. Eso me sirvió para aliviar la nostalgia que tengo de mi sabanita al lado de los cerros. Nuestra primera parada fue el Mercado Norte, donde comimos en un restaurante árabe delicioso de una familia que hablaba con nostalgia de Armenia y después nos pusimos a pasear por el centro para buscar una bolsa de dormir para mí y un paquete de tabaco para uno de los compañeros de casa de Rocío en São Paulo. No compramos ninguna de las dos cosas pero caminamos por el centro en la búsqueda y al final, cansadas por andar con la mochila a la espalda, terminamos yendo a casa de las amigas de Ro para tomar unos mates frente a la pileta, un reencuentro que les sacó lágrimas a todas. Me sentía viendo una novela argentina de esas que pasaban por Disney Channel y mi adolescente interior se alegró por ellas.
En la noche nos fuimos de fiesta hasta el amanecer a un sitio de esos donde “se reservan el derecho de admisión”, un boliche famoso de Córdoba que abría de nuevo en otro local después de un tiempo de andar cerrado y celebraba con sushi, empanadas, pizza y tragos de Smirnoff con pomelo en frascos de mermelada (una usuaria de Pinterest detrás de esa movida, seguro) gratis para todos. Gente arreglada con chicos algo lentos frente a los brasileros que he visto en circunstancias similares y chicas bastante histéricas, más que las brasileras. Y viejos verdes adinerados en grupos de tres con whiskey en la mano, buscando los tacones más altos.
Fue lindo pasar la resaca con las chicas, hacer las compras en la despensa y cocinar el desayuno-almuerzo. Me hicieron una torta con dulce de leche y la sirvieron con té por mi cumpleaños, así me compraron el corazón. Seguimos con el intinerario de reencuentros de Roen Nueva Córdoba y rematamos el dia en Güemes, un barrio lleno de barcitos con onda y tiendas de boludeces bonitas de diseñadores jóvenes y alternativos. Nos comimos una pizza en el bar que abrió la revista Dada Mimi y fui feliz cerrando así mi primer dia de una nueva vuelta al sol.
Al dia siguiente me fui a recorrer la ciudad. Gran problema el horario de verano con su siesta y los negocios todos cerrados, la ciudad estaba dormida en un sábado laboral. Fui a museos, a las iglesias, a un centro comercial y a una empanadería maravillosa llamada La Alameda donde almorcé locro y humita en chala con vino helado mientras leía los “recados” locos de los former comensales. En la tarde Rocío me llevó a la gran atracción de Córdoba los fines de semana:  la feria de artesanías. Mientras montaban las barraquitas artesanales en la calle nos paseamos de nuevo por las tiendas de Güemes y nos quedamos tomando té. Se nos fue la mano con el tiempo entre sorbos y cuando salimos para recorrer la feria tuvimos que hacerlo a la carrera, porque teníamos que viajar de regreso a Bell Ville en la noche antes de que se hiciera tarde. Así que no tuve mucho tiempo para dejar pastar a la bestia consumista hippie que llevo dentro y dejar que encontrara un mate, la tuve que contentar con un par de aritos/aretes y unos sahumerios/inciensos.
Salimos corriendo para la terminal para pasar el domingo con su familia. Fue un gran asado de bienvenida a Guillermina, con la mayonesa casera de la abuela Luisa, el vino con hielo, la terma con soda y la carne jugosita, grasosita y blandita. Cumplo con la recomendación de mi papá de no irme de Argentina sin probar el salamín, y aunque yo no soy tan fan de los embutidos como él tuve que darle la razón después de probarlo. En la tarde para la hora del mate abrí el quilo de harina P.A.N. y dirigí la manufactura* de las “tortillas” con queso que Rocío quería que probaran en su casa. Ella y su abuela Luisa resultaron ser grandes armadoras de arepas.
En la noche volví a hacer la mochila y de nuevo me subí a un colectivo. Al otro lado del vidrio, abajo en la calzada está Rocío que mira para todos lados esperando para despedirme como una madre. Espero que sepa lo mucho que le agradezco compartir tanto conmigo y espero que pronto hagamos lo mismo en Colombia. Tengo que volver a Córdoba. A las sierras, al chori de Dante, al fernet con coca, a bailar cuarteto de La Mona, a entrar de polizona y tomar mate en alguna clase de la universidad Nacional, al cineclub, a remar o nadar en el rio de Bell Ville… No es suficiente con estos viajes cortitos, me parece. Quiero mini-vidas en cada lugar.
Mientras tanto, pongo Downton Abbey a ver si consigo dormir arrullada por el acento inglés.

Daniela Jaramillo

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