Receita de hogao colombiano, estrela da frijolada paisa

Hogao mon amour.

Hogao mon amour. Picture from a recipe in english (not my version, but still a good one)

Faz pouco tempo convidei um grupo de amigos brasileiros para almoçar aqui em casa (minha Sampa querida). Fiz feijão colombiano, mais exatamente frijolada paisa. Eles gostaram muito (ufa) e até pediram a receita. O povo do feijão, que sente saudade quando vai pra lugares sem o costume diário da leguminosa com arroz branco, pediu a receita. Foi muito elogio mesmo.

Aproveito para fazer um depoimento: a feijoada/frijolada paisa é diferente da famosa “bandeja paisa”, prato que eu não acredito (pronto, falei) que seja tão tradicional ou típico quanto se diz. Meu pai, que é bem paisa*, nunca me ensinou a bandeja paisa como parte de sua tradição culinária, mas me ensinou sim como se faz a frijolada.

*Na Colômbia, falar da cultura Paisa é falar de um território formado culturalmente na região dos departamentos (estados) de Antioquia, Caldas, Quindio, Risaralda, o norte do Vale do Cauca e o noroeste de Tolima. Uma região formada por montanhas e atravessada pelas cordilheiras andinas. É também a região das grandes e famosas fazendas de café colombiano. Não por acaso, o maior centro urbano da região Paisa, Medellin, com seus mais de três milhões de habitantes, é conhecida como a capital da montanha.

E vou confessar que nunca gostei muito de feijão. Mas a saudade pode tudo, né? Foi ela que me fez resgatar a receita de meu pai -quem ama feijão que nem brasileiro- e preparar frijolada pela primeira vez na vida, aqui no Brasil. Com algumas modificações, porque gosto muito de me apropriar das receitas, deu muito certo e foi um sucesso entre a galera.

Porém, o destaque do almoço naquele dia foi o “hogao” que vai na frijolada. É um molho refogado de tomates, que a gente cozinha com o feijão e também serve como acompanhamento para as arepas (outra maravilha da culinária paisa) ou os patacones (de banana da terra) e é ingrediente de outras muitas receitas.  É uma das coisas que mais gosto da comida colombiana e o melhor é que a receita não tem muita ciência. Arepa paisa com hogao e queijo é tudo que eu preciso para sentir que o mundo é belo, meu país é lindo e a vida é boa seja onde eu estiver.

Então, para meus amigos brasileiros que gostaram tanto e também para quem procurava a receita em português de hogao ou guiso colombiano, aqui está minha versão:

Ingredientes para hogao colombiano:
(para 8 porções, uns 500 ml de molho)
6 tomates grandes tipo italiano (para molho) bem maduros
1/2 pimentão vermelho também maduro (opcional)
1 xícara de cebolinha picada (olha a cebolinha que a gente usa na Colômbia. É uma variedade beeem comprida que quase parece alho poró. Linda, né? )
3 dentes de alho
1 cebola grande (na Colômbia chamamos ela de “cabezona”)
4 colheres de óleo (eu gosto de usar duas colheres de óleo e duas de manteiga)
1 colher de chá de cominho
Sal e pimenta do reino
Preparação:
Tudo tem que cortar pequeninho> cebolas, cebolinhas, alhos e tomates. Na minha receita se faz isso primeiro para deixar tudo arrumadinho e separado, como se faz nos programas de cozinha.
Em uma frigideira (larga se possível), em fogo alto, refogue no óleo e na manteiga o alho, a cebola, a cebolinha e, se for o caso, pimentão, mexendo constantemente até eles dourarem. Eu prefiro dourar mesmo, gosto mais do sabor assim. Depois reduza o fogo para médio-baixo e acrescente o tomate. Mexa bem e cozinhe por uns 5-7 minutos até o tomate se desfazer um pouco para engrossar o molho. Adicione o sal e a pimenta do reino. Quando estiver quase pronto (isto é, espesso), adicione o cominho, mexa para misturar bem e tampe em fogo baixo por mais um minuto. E pronto.
Pode guardar o hogao no freezer. Congelado, o molho pode durar várias semanas quando a receita é feita só com óleo.
Experimentou? Gostou? Modificou? Melhor ainda :) Passa aqui em casa se quiser experimentar com arepa! Eu amo viciar pessoas.

Dos meses sin celular

El pasado 30 de julio dejé mi celular sobre la mesa de la asistente de LAN que revisó mi pasaporte y tiquete justo antes de abordar al avión que me regresaba a São Paulo desde Bogotá. Lo llevaba en la mano porque había pasado casi todo el tiempo en la sala de espera aprovechando los últimos minutos de internet antes de la desconexión total. Por eso, cuando lo abandoné a su suerte para organizar todo lo que llevaba en los brazos y entregarle mi pasaporte a la asistente impaciente, le quedaba solo un suspiro de batería. En el momento en que lo eché de menos, ya sentada en el avión y con todo dispuesto a mi alrededor como si fuera a hibernar por veinte horas, era demasiado tarde y la llamada perdida que mi amable compañero de asiento hizo para ver si se había caído cerca no tuvo efecto. Pensé en la impaciencia de la asistente en la puerta de embarque y corrí hasta la entrada del avión para intentar ver si ella lo había guardado, pero ya no me dejaron salir y todo lo que pude hacer fue rogar que la llamaran para preguntarle por mi trajinado y querido pashmóvil. Ella respondió (o eso me dijeron) que no vio nada. Y así fue como murió mi celular, hoy hace dos meses.

Era mi reloj. Mi libreta. Mi calendario con las fechas encerradas en círculos de diferentes colores. Mi tablero de post-its. Mi despertador programado. Mi cronómetro de cocina y mi recetario. Mi mapa y mi guía de transporte público. Mi única cámara digital. Mi reproductor de música. Pero a pesar de ser tan multiusos no he sentido todavía la necesidad urgente de reponerlo, así que este tiempo sin él ha sido todo menos una prueba de resistencia o un reto del que llevo un diario. Lo he observado más como una circunstancia que como un experimento.

Y es que no tener celular combina con mi naturaleza.  Ahora aprovecho para darme el gusto de salir sólo con las llaves de mi casa, la tarjeta de transporte y algo de dinero en efectivo, todo en el bolsillo del pantalón o chaqueta. Andar sin bolso ni nada que tenga que cargar en las manos es una de las pequeñeces más placenteras para mí.

Puedo también levantarme todos los días orgánicamente a la misma hora y sin ningún estímulo; salvo cuando estoy realmente cansada o he dormido muy poco, mi gallo interior canta puntualmente a las siete de la mañana. Eso hizo por un par de semanas hasta que llegaron días de menos sueño y más cansancio y dejó de ser tan confiable. Ahí recordé que tenía un celular pequeñito, de esos que a duras penas tienen pantalla, pero que no he logrado desbloquear para usarlo como teléfono. Lo rescaté y adopté como despertador y cronómetro para cocinar. Podría intentar desbloquearlo nuevamente pero no me serviría para ninguna de las cosas que más extraño de tener celular, que no incluyen hacer o recibir llamadas ni enviar sms.

Extraño tomar fotos y anotar cosas. Con mi celular se perdieron un montón de pedacitos de calle, datos de personas, nombres de canciones, expresiones locales, consejos de viaje, direcciones y claves de wi-fi. Sin mi celular dependo más de la libreta y ya he terminado las hojas de un par, pero todavía hay días en que olvido empacarla.

Nunca andaba mirando el celular todo el tiempo, especialmente porque ya estaba acostumbrada a optimizar la batería al máximo para no quedarme sin cámara ni libreta. Hoy confieso que, con ese fin, mi celular estaba un 40% del tiempo en modo avión y por eso seguramente no contesté muchas llamadas ni atendí a mensajes urgentes. Pero ahora que no tengo celular me doy cuenta de la cantidad de espacios que rellenaba con él. En el ascensor, en el tren o metro de camino al trabajo, en la fila del banco o del supermercado, en el café esperando a alguna persona, en el restaurante esperando mi pedido. Y ahora todo lo que hago es mirar lo que sea que esté alrededor. Y en ese paisaje siempre aparece gente rellenando espacios con el celular.

El otro día me divertí mucho con mi situación. Era el final de un concierto gratuito de Gilberto Gil al aire libre en el Parque Ibirapuera de São Paulo. Pausa forzada para un sonido bonito que no tiene nada que ver con lo que estoy hablando:

Mientras sonaba una música todavía muy agradable para despedir a la gente que sonreía de oreja a oreja y se iba medio caminando, medio bailando, yo esperaba a mis amigos que estaban recogiendo sus maletas y mantas extendidas sobre el piso. Otro momento que no podía rellenar con el celular y que pasé observando, también medio bailando. Vagué viendo caras, manos y zapatos hasta que me encontré directo con los ojos de un chico, a unos 30 metros de donde yo estaba. Me divertí un rato sosteniéndole la mirada, pero luego pasó un grupo grande frente a mi y lo perdí de vista. Pasé otro rato observando extraños hasta que el mismo chico apareció frente a mi y me saludó. Resultó que coincidíamos en la falta de celular, yo por aparato y él por batería. Y, sin ningún lugar donde anotar, solo se nos ocurrió una forma para poder quedar en contacto: memorizar el nombre del otro y más tarde buscarnos en Facebook. Después de unos diez minutos de juego mnemotécnico y de bailar una canción del playlist de evacuación del concierto, nos despedimos. Unas horas después yo ya no lograba recordar su apellido. Él salió campeón del ejercicio.

Otro momento de prueba estando sin celular siempre es ponerme de acuerdo para los encuentros. He tenido que ser muy puntual y confiar ciegamente en la puntualidad de los demás. He llegado a fiestas con cientos de personas a intentar encontrar entre la multitud a una o dos cabezas sin ayuda de señales por mensajes de texto. Hasta hoy siempre lo he logrado. Y un par de veces, cuando se me olvida organizar bien el encuentro considerando mi falta de comunicación, he aprovechado para pedirle ayuda a algún extraño con datos en el smartphone para conectarme a Facebook o Skype y así conseguir la comunicación inmediata de la que ando privada. Ahora también son las personas mi única fuente de información geográfica cuando me siento perdida y cada vez que pido indicaciones en la calle recuerdo los regaños de una buena amiga que nunca aprobaba que yo dependiera tanto de los mapas en mi celular. Ella tiene razón, no son indispensables.

Hay gente con la que he tenido que realmente volver a métodos de antaño para seguir en contacto. Con los que no tienen Facebook ni están conectados todo el tiempo desde algún aparato móvil y además de todo están lejos, ahora mi único medio de comunicación es el correo electrónico, que funciona como las cartas y poco sirve para los saludos en tiempo real. Y con los que solo reciben mensajes de texto o llamadas, aplico las visitas casi de sorpresa, como recuerdo que hacían muchos amigos de mi papá cuando yo era pequeña y ésto de la comunicación inmediata no era el conducto regular.

Y bueno, ésos son algunos de los efectos de estos dos meses sin celular. ¿Otros dos? ¿Uno nuevo? Todavía no sé, pero no tengo mucho afán de decidir.

La Carta a Cata

Desde que llegué a São Paulo, hace más de año y medio, le escribo cartas a mi hermana Catalina. Ella vive en Pereira (Colombia) y no puedo llamarla porque no tiene teléfono ni celular ni computador. Bueno, teléfono tiene pero solo lo usa los domingos y en cierto horario… así que pocas veces coincidimos para escucharnos la voz.

Esta situación extraña de incomunicación se debe a que Cata vive en un convento, porque quiere ser Franciscana en una de las comunidades más austeras que hay. Le escribo cartas para compensar o quizá acompañar, con algo patente y aterrizado en palabras, nuestra separación. Porque además de la distancia y el tiempo, muchas otras cosas nos han cambiado y perdido de vista.

Ya hemos pasado meses sin hablarnos, así que mis cartas muchas veces parecen más un monólogo. Una especie de diario de viaje con una que otra pregunta, de aquellas que no son urgentes pero que siento que tengo que hacer. Al comienzo omitía muchas cosas, me costaba relatar y al mismo tiempo hacer que fuera una conversación con ella -aunque sus partes de diálogo vengan como viajando en el espacio todavía a mil años luz- para sentir que la incluía en todo lo que contaba. Había mucha censura en mis primeras páginas, especialmente al no compartir creencias religiosas (yo ya no tengo ninguna) hay muchas cosas que le cuento que podrían aturdirla, preocuparla, atormentarla por mi alma perdida y todas esas reacciones que vienen con la idea de deber, pecado y vigilancia omnipresente del catolicismo.

Después decidí que no omitiría nada más. Que escribiría pensando en la Cata con la que crecí, que era tan diferente a la de ahora y con la que tenía más cosas en común. Eso contradice un poco el proceso de duelo que hice cuando ella decidió irse, con el que enterré la idea de futuro que tenía donde aparecía ella viajando conmigo y donde yo aparecía viendo a sus hijos crecer como la tía más consentidora, entre otras imágenes. Sin intentar llamarla para esa otra vida, tan mía y tan diferente de la que escogió, decidí que mis cartas serían como una ventana, quizá la única en la habitación de su mente a través de la que podría ver cosas diferentes. Así que no omito detalles y me excedo en descripciones. De personas, de lugares, de sensaciones, de miedos, de emociones, de paisajes, de climas, de plantas, de precios.

Si alguna vez lo han intentado, sabrán que cuesta mucho trabajo escribir cartas. Recuerdo en los museos ver aquellas cartas antiguas tan cortas que viajaban por meses con mensajes tan sencillos pero cargadas de tanto sentimiento. O los telegramas, tan prácticos y tan concisos. Parecían todos tener claro qué es lo más importante al escribir a un ser querido, resultando al final con una misiva que todavía podría conmover y transmitir y la <em>saudade </em>e incluso la emoción de las noticias a cabalidad. Yo quería ser así, escribir cartas <em>estilosas </em> a la antigua, con mejores en lugar de más palabras. Leí muchas como inspiración pero al final no me fluían medievales del todo y fui perdiendo interés por refinar el método aquel inspirado en las cartas de Brain Pickings. Otras cosas llamaban más mi atención.

Desde el principio escribí a mano, por ejemplo. La lentitud del proceso me cambia la narrativa.  Al comienzo escribía con un color diferente por cada sesión de carta (unas dos o tres páginas por vez) e inmediatamente me daba cuenta de lo bonita, contraída, pequeña, relajada, tensa o ilegible que podía ser mi letra en diferentes días. Nada que no notara cuando aprendí a escribir, pero es un termómetro que me sigue pareciendo mágico. La sensación de la mano cansada que me hace resumir o despedirme rápido por ese día para continuar al siguiente también es algo que no experimentaba hacía tiempo.

Porque así es, me despido y continúo en la siguiente línea como si fuera un chat en el que ella lee cada pedazo mientras el cuaderno en el que escribo está cerrado y yo por eso tengo que avisarle que voy y vuelvo. Eso hace parte de mi método, que es extender la experiencia. Le mando una carta cada mes, a veces cada mucho más tiempo, así que hago que cuando llegue valga la pena la espera. Lleno cuadernos enteros que me la imagino comiéndose de sopetón. Y esa imagen hace que le escriba más, más desmenuzado, con más detalle. Sobre lo que estoy haciendo y desde dónde le escribo en el momento y también sobre lo que le voy a contar de facto. Como si fuera una libra de chocolate empacada en trocitos de diez gramos.

En la más reciente me obsesioné con el tiempo de lectura, porque sigo queriendo extenderle la experiencia de cada carta. Así que puse a escribir de formas extrañas. En espirales, en caminos que recorren hojas y hojas y luego se regresan, escribiendo una línea en un sentido y la siguiente al revés para forzarla a girar el cuaderno y pasar más tiempo llegando a las palabras. Esa fue linda, hasta me dijeron que podría llevarla a una editorial para publicarla. Además que era en un cuaderno precioso que compré en Buenos Aires, ilustrado por Gabi Rubi en páginas aleatorias con unas flores y unas frases lindas.

Varias veces le escribí a Cata, después de contar alguna cosa escandalosa, que nunca quemara ni donara la carta. Que si se quiere deshacer de ella la mande a casa de un familiar o amigo mío, porque ya la siento como mi patrimonio. Yo, que solo tenía mi celular para tomar fotos y ahora ni eso tengo, hice de esa carta muchas veces mi único resumen visual de todo lo que Brasil me ha regalado.

Quién sabe, a lo mejor un día la ventana se convierte en un puente para que ella cruce de regreso.

 

Paseo mineirão

Belo Horizonte

Ay, Minas. De todo lo que he conocido en Brasil, el rincón que más me hace sentir en casa. Y especialmente este fin de semana, todos los colombianos fuimos locales en Belo Horizonte. Como dicen los que saben, el dia del partido contra Grecia el Mineirão parecía la casa de la Selección en Barranquilla.

Nunca antes fui a un partido de fútbol profesional. Mi debut no pudo ser mejor, conocí un nuevo alter ego que “echa madrazos” y grita hasta quedar sin voz, que canta el himno nacional con los ojos cerrados y abraza desconocidos para celebrar un gol.

 

 

Cuando salieron los muchachos a calentar, después de que la multitud eufórica le coreó una bienvenida a la leyenda del arco Faryd Mondragón, le pedí a un amigo que me tomara una foto desde mi silla. No supe cómo describir ese momento, salvo con una sonrisa.

:)

57.174 personas llenaron el estadio ese día. La masa amarilla de los tricolores, en la que se camuflaban también las camisetas de los brasileros asistentes, parecía querer prolongar ese momento para siempre y no paró el canto del himno aunque se terminara la pista. Y después de solo cuatro minutos ya estaba cantando el primer gol.

Sentada en el primer nivel de oriental, estuve más rodeada de brasileros y otros extranjeros que de colombianos. Pude ver el partido sentada la mayoría del tiempo y eso también resaltó la actitud de hincha manoteadora que me poseía y atraía las miradas de mis recatados vecinos de tribuna, que comían crispetas como si estuvieran en cine. Mi ignorancia sobre fútbol no fue impedimento para sentirme visceralmente conectada con el grupete de “niches” que corrían detrás del balón (que Grecia controló tanto tiempo) un par de centenas de metros frente a mí. Y antes de que pudiera comenzar a quejarme por el sol en la cara, cantamos el tercer gol y se acabó la dicha. Como me habían dicho que sería, se pasó muy rápido. En vivo es así: rápido, emocionante y todos se ven chiquitos.

Disfruté mucho de mi primera experiencia mundialista, pero tengo que darle crédito a dos hinchas queridos con los que compartí parte del paseo, dos chicos que son por mucho los más fanáticos del fútbol que he conocido. Allá nos encontramos, caminamos, tomamos buses y brindamos por la selección. Creo que no habría sido lo mismo si no hubiera andado con ellos.

Con el taxista que coleccionaba extranjeros en una competencia por whatsapp con otros taxistas de Belo Horizonte.

Y una vez más comprobé que las personas son quienes hacen que todo sea más lindo en un viaje. Me alojó la chica más genial de todo Belo Horizonte, amiga de un compañero del trabajo que sin conocerme me recibió en su casa y me mostró -con toda la experiencia y buenas fuentes que tiene una productora cultural- todos los mejores lugares de la ciudad que daba para ver en tan poco tiempo. Cómo me gusta conocer gente así, que comparte sin esperar nada, sólo por el gusto de “espalhar” la buena energía. Ése es el tipo de persona que quiero ser.

Con los chicos y Gigi, la leyenda amazónica.

Belo Horizonte me enamoró muy fácil con sus encantos y con las sugerencias expertas de mi anfitriona, que nació en Amapá (región amazónica) y vive en la capital mineira hace 14 años. 14. Más verde que São Paulo, rodeada de montañas que me recuerdan a los queridos cerros de Bogotá y las lomas de Boyacá, me hizo sentir tan a gusto que me encantaría vivir ahí un tiempo y disfrutar todos los días las delicias de la culinaria minera que es tan famosa en Brasil.

El viaje fue mucho más de lo que esperaba, fueron cuatro días sustanciosos y emocionantes de dormir poco y aprovechar mucho. A veces me siento demasiado afortunada, quizá en mi caso aplica aquello de que Dios le da pan al que no tiene dientes. Pero sé que tengo una lengua que saborea y aprende con ansias para intentar compensar.

Dé lirios.

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El despeluque sonriente

 

Voy a un partido de la Copa

"Brasil es mi abismo", Daniel Santiago.

“Brasil es mi abismo”, Daniel Santiago.

Vivo en Sao Paulo desde enero del año pasado. Quizá por eso no me ha sorprendido que la ciudad, a tres días del partido de apertura del Mundial de fútbol, no esté toda adornada con parafernalia futbolística ni se respire ese ambiente de Copa que cualquiera se esperaría en la ciudad más importante de Brasil. Desde que llegué he escuchado conversaciones hasta de los más hinchas donde el inconformismo con la situación general del país es protagonista.

Pasé el 2013, mi último año de carrera, en la universidad pública más importante del país: la USP. Conocí gente de derecha y también de izquierda, gente participante de movimientos estudiantiles y muy activa políticamente, bien informados sobre la gestión de este gobierno del PT (Partido Trabajador) en cabeza de Dilma. Hubo protestas en la ciudad que atrajeron la atención mundial por la violencia con que reaccionó la Policía Militar contra los manifestantes. Yo, que no veo televisión y no escucho radio y por esos días andaba con un pie fracturado, solo me enteraba de las protestas y sus detalles por las historias de mis amigos que llegaban de la calle a quitarse el gas pimienta y descansar las piernas adoloridas de tanto correr. Nunca vi nada parecido. Por esos días entendí que no sería la Copa imaginada en el país del fútbol. Por eso ahora no me sorprende la falta de alegría en la calle y hasta el recelo en la mirada de quienes ven una camiseta de la selección brasilera pasando por ahí.

Por eso una parte de mí se siente un poco mal de ir a un juego del Mundial. No es una situación que me gustaría estar apoyando, así no sea ciudadana brasilera. El fracaso de un gobierno social y la ascensión inminente de la derecha con sus fuertes políticas industriales y económicas de crecimiento no me parecen buenas noticias. Sea cual sea el descenlace del Mundial, la política en Brasil pareciera a punto de dar un giro muy brusco y no sé si los problemas por los que la gente está hoy protestando vayan a ser solucionados aunque venga un cambio radical de gobierno.

Para mi el Mundial tiene un tinte mezclado, porque nunca he sabido ser radical. Me emociona ver el boicot a algo que parece ser un anestésico, me parece válido y valeroso exigir respuestas y manifestar inconformismo por los engaños y la falta de soluciones. Pero también me emociona la energía ensordecedora de una multitud que alienta y se puede sentir tan identificada con un montón de símbolos que en otra época y para otros individuos no tendrían ningún sentido.

Así que voy por curiosidad, así como por curiosidad me lanzaría en paracaídas o me iría a Tailandia sola. Y los detalles de esa fecha a la que voy hacen que cuente como la experiencia de Mundial que me interesa vivir: Voy sola a Belo Horizonte, una ciudad que todavía no conozco (pero ya lo estoy planeando), aprovechando que me dieron todo un fin de semana de cuatro dias en la agencia. Voy sola al partido, con una boleta que mi papá me compró en su dia de cumpleaños durante la reventa oficial de la Fifa que fue hace unos días. Es el primer juego de Colombia después de 16 años fuera del Mundial y es un dia 14. No tengo camiseta (lo confieso), pero me la va a prestar un periodista inglés que cubre fútbol colombiano y el dia del juego tiene que irse de corbata.

Es muy bizarro escribir todo esto, pensar en lo mucho que ha pasado conmigo desde que escribí en este mismo blog sobre el Mundial de Sudáfrica y los comerciales del Corresponsal de Davivienda. Creo que el post sobre “organizarse para ir al Mundial” ha sido el más leído después de la guia para usar el SITP. Y no era ni la mitad de útil o interesante.

Si alguien va a estar en el partido con Grecia el 14 en Belo Horizonte, aquí les dejo mis coordenadas. Quien quita que me esté leyendo un vecino y al final no vaya sola.

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Conseguí trabajo en Brasil

El 14 de abril me levanté con las neuronas y las manos picándome por la subutilización. Después de terminar mi tesis, objetivo principal de este semestre, era necesario conseguir alguna ocupación productiva que justificara quedarme en São Paulo mientras llega el mundial. No, no estoy planeando ir a todos los partidos ni soy gran fanática del fútbol. Simplemente quiero estar aquí para presenciarlo, vivirlo in situ porque será caótico y fantástico.

Había llegado a pensar en trabajar en cualquier cosa, con la justificación de ser joven y todavía capaz de lucharla como mesera mientras ayudo a alguna ONG o iniciativa independiente a organizar su estrategia en redes sociales. Pensé en Ciclocidade (Asociación de ciclistas urbanos de São Paulo) y hasta los contacté por medio de una amiga que hace parte del comité fiscal, pero ¡oh sorpresa! conseguí trabajo más rápido de lo que ellos tardaron en responderme.

Ya había enviado muchas hojas de vida a un montón de lugares y, aunque no estaba pareciendo ser una estrategia exitosa, ese lunes 14 me levanté a bajar el torrent de Mad Men y GOT a ver qué había en trampos.co a lo que ya no le hubiera botado un huesito. Y encontré un par de ofertas nuevas así que envié otro par de CV en PDF. Seguí navegando, di con la nueva canción de Pomplamoose y me quedé pensando en lo lindo que se debe sentir un Tax Refund. 

Puse la canción en un loop infinito y de repente llegó un correo con respuesta casi inmediata de una agencia digital pidiéndome una entrevista para esa misma tarde. Un 14 de abril. Cantaba con emoción y con el volumen un poco más alto en los audífonos. Habría sido lindo grabarme, sería una estrella viral.

En ese momento no lo pensé, pero era mi primera entrevista de trabajo EVER. Es decir, los dos trabajos en comunicación digital que ya tuve (en los que fui muy feliz y con los que aprendí trillonadas) los conseguí en un proceso muy diferente que prácticamente consistía en conocer gente que quería trabajar conmigo y con los que yo quería mucho trabajar.

Así que nunca me había puesto a ver mi clóset (que en esta vida nómada que llevo actualmente es bien limitado) con tanto detenimiento. Decidí caer en el cliché solo para no arriesgarme y llevar unos tacones cómodos con la pinta de quien aspira al cargo de gerente. La project manager que me entrevistó fue un dulce y la oficina me pareció acogedora para una padawan curiosa e hiperactiva digital, así que me sentí en la confianza de decir que normalmente voy al trabajo en tenis.

Ese día salí sin ninguna certeza pero recibí al llegar a la casa un nuevo pedido de entrevista, esta vez con la dueña de la agencia. Me fui a dormir con la promesa de regalar todos los alfajores y chocolates que tenía guardados para vender si conseguía el trabajo. Y en la tarde del día siguiente me armé de valor y me fui en tenis a enfrentar la última prueba. Solo con las preguntas sobre mi signo del zodiaco, mis cualidades y defectos y la proyección de cómo me veo en 5 años me sentí completamente perdida, distraída pensando en lo mucho que me gustaría conocer la teoría de psicología organizacional que justifica esas valoraciones.

El resto del tiempo lo pasé pensando en lo mucho que podía aprender de mi entrevistadora, dueña mayoritaria y la única extranjera de la agencia. Judía de origen mexicano, que hizo colegio y universidad en Brasil pero que ya vivió en Alemania y Estados Unidos. ¿Han visto alguna mujer ambiciosa que cree firmemente en sus capacidades y es estratégica para conseguir lo que quiere? Bueno, así me pareció ella porque seguramente es lo que ella ha decidido transmitir sobre sí misma y se nota que se esfuerza por estar en control de esa imagen, que “se vende” a su favor.

Y en el trayecto de las 3 estaciones de tren entre la oficina y mi casa, esos 15-20 minutos que me demoro en llegar, la inseguridad me tuvo pensando en qué podría haber omitido y qué podría haber agregado. Llegué agotada a sentarme y desahogar mi experiencia con mi roomate psicóloga (experimental, que no por ser científica es menos buena escuchando mis dramas), hasta que dos horas después me llamó la project manager que es un dulce a decirme que querían trabajar conmigo. Y fui feliz y nos fuimos a tomar un café/té con torta en Vila Madalena para pasear las endorfinas.

Mi primera entrevista de trabajo, en Brasil. Para un puesto en el que el portugués es requisito indiscutible, al que se presentaron más de 50 brasileros con sus hojas de vida y experiencia previa. Y me lo dieron a mí. Todavía no me lo puedo creer.

Y hoy fue mi primer dia de trabajo, porque necesitaban a alguien urgente para comienzo inmediato. Fue un dia larguísimo y regresé cansada, con sobredosis de información (son 8 clientes para estrategia en redes sociales y la lista va en aumento) y de emoción por estar trabajando de nuevo, esta vez en un papel en el que voy a aprender como nunca antes. En otro país, en otra lengua, en medio de otra cultura.

I feel like a million, and one in a million.

Sonrisa cansada después de mi primer dia de trabajo en Brasil

Bob Ross no sabía de huevos podridos

Hoy hace un año estaba preparando mi almuerzo en la cocina de una hermosa casa en Alto de Pinheiros, donde vivía con aquella mujer que mencioné en mi recuento de fin de año. Ese día pasó algo, sobre lo que escribí unos meses después cuando conseguí mudarme. Nunca lo voy a olvidar.

Si los viajes lo cambian a uno, creo que yo tengo que darle gran crédito a esa mujer por ayudarme en el mío durante los primeros meses. Me endureció la piel y me enseñó lo peligrosa que puede ser la paciencia en exceso.

Celebrando que esta semana retomo mi estudio de portugués, porque un año de clases en la universidad aquí en São Paulo no me pareció suficiente para pulir la práctica de los diversos tonos informales que tiene esta lengua, comparto la crónica que escribí hace meses pero no había publicado sobre mi experiencia ese día en la cocina de la señora S.

Aún no la he corregido, así que va sin la suavizada que da el tiempo ni la complejidad que da el aumento de vocabulario. Ilustrando, una foto de la cocina que saqué de la página de airbnb donde encontré (muy a pesar mío) la casa maravillosa de una mujer terrible.

La cocina

Em São Paulo morei por seis meses na casa da Senhora S, uma mulher de 64 anos com energia e modo de vida de uma pessoa de 30. Casada e com filhos que mora sozinha porque é tremendamente independente. Nunca conheci ninguém como ela e ainda assim reconheço muitas características na sua personalidade que são iguais ou muito parecidas ás de outras pessoas que já conheci, incluindo a mim mesma. É então, uma pessoa estranha que me resulta curiosamente familiar.

É por isso que já conheço muitas de suas reações e compreendo muitas das suas regras. Porque sua vida esta completamente baseada nelas: jeitos que tem para cada coisa, todos baseados numa lógica muito racional e até muito prática embora de controladora. A casa toda funciona com essas pequenas e precisas regras, desde os sapatos que sempre ficam na entrada e não podem entrar á casa até o minuto que a gente tem que esperar para abrir de novo a geladeira se acabou de fechá-la. São regras simples, mas são muitas. E claro, a reação dela não é precisamente de paciência quando alguém não consegue conviver com todas ou pula alguma. Sem gritos ou palavras feias, só com gestos de ansiedade irritada, ela explica mais uma vez como a coisa deve funcionar. Nem é necessário dizer que é uma odisseia procurar uma moça que consiga passar direito todos os níveis desse jogo ou ficar mais de dois meses.

O conjunto de jeitinhos e regras dela é como uma complexa máquina perfeiçoada com a experiência, os erros e o tempo. Para viver com ela é preciso aprender as partes dessa máquina, conhecer todos os detalhes hipoteticamente úteis. Mas o mais importante é tentar compreender a lógica com que foi criada a máquina, para poder lidar com ela corretamente quando a Senhora S não esteja. Isso foi o que aprendi o outro dia, que vou contar nesta memoria.

Era sábado ás doce e pouco, desci á cozinha para fazer um almoço simples. A cozinha é o lugar mais delicado para a máquina. Há muitas peças frágeis e muitos erros possíveis. Há panos para cada coisa, três tipos de sabão diferentes e um uso específico das panelas, as facas de cozinha, os talheres, etc. etc. Lembro bem o que tem que ver com o uso básico da cozinha, ao final só tinha que deixar tudo no mesmo estado em que estava antes: normalmente limpíssimo e organizado. Mas a máquina é chata na parte da cozinha, então sempre tento não fazer mais bagunça da estritamente necessária.

Tirei meus ovos da geladeira para fazer uma omelete. Sobre o balcão de madeira, perto –mas não suficiente- da pia, quebrei um ovo. O mais bem: tentei quebra-lo, mas ele explodiu pelo gás e o conteúdo estragado deixando tudo ao redor espirrado. Nunca antes disso tinha experimentado o cheiro de enxofre horroroso do ovo podre. E justo foi na casa da Senhora S quando ela estava ausente. As instruções da “máquina dos jeitos” nesse momento mudaram automaticamente para chinês. Não tinha ideia sobre o procedimento de limpeza nessa situação.

Tive que sair com cuidado da cozinha, tomar um banho rápido e incômodo, trocar de roupa e tomar uma toalha de mãos própria para limpar o piso e as paredes com o sabão da pia. Porque não conhecia as regras para uma situação assim. Nem sentia vontade de tomar tempo para procurar na internet, coisa que para tudo eu faço. Limpei durante 3 horas, não fiz almoço nem comi coisa nenhuma e ao final da tarde eu sentia ainda pior o cheiro na cozinha. Quando a Senhora S chegou, cansada e já irritada por outro assunto, foi bem incómodo. Pelo menos só usei uma toalha própria e o sabão que eu mesma também forneço para lavar a louça, então não quebrei peças da máquina.

Só depois de que a menina que ajuda com a limpeza da casa chegou de emergência no dia seguinte e eu consegui tomar banho até só cheirar sabão, fiquei tranquila. Mas é uma coisa que não vou esquecer nunca, essa sensação de não saber como atuar para enfrentar um problema prático que precisa solução de forma imediata. A ansiedade que cresce, o sabão e a agua que correm e o cheiro de podre que fica como se fosse bruxaria.

O Bob Ross de The joy of painting, que eu curtia tanto quando menina, disse alguma vez “There’s no mistakes, only happy accidents”. Eu acreditei nele e suas frases felizes até que tive que morar com a Senhora S.


Daniela Jaramillo

Digital stuff.

ICT enthusiast, internet surfer.

23-year-old nomad, currently working in digital advertising in São Paulo (Brazil).

Phoneless for two months now. Yeah, that's been interesting.

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