Conseguí trabajo en Brasil

El 14 de abril me levanté con las neuronas y las manos picándome por la subutilización. Después de terminar mi tesis, objetivo principal de este semestre, era necesario conseguir alguna ocupación productiva que justificara quedarme en São Paulo mientras llega el mundial. No, no estoy planeando ir a todos los partidos ni soy gran fanática del fútbol. Simplemente quiero estar aquí para presenciarlo, vivirlo in situ porque será caótico y fantástico.

Había llegado a pensar en trabajar en cualquier cosa, con la justificación de ser joven y todavía capaz de lucharla como mesera mientras ayudo a alguna ONG o iniciativa independiente a organizar su estrategia en redes sociales. Pensé en Ciclocidade (Asociación de ciclistas urbanos de São Paulo) y hasta los contacté por medio de una amiga que hace parte del comité fiscal, pero ¡oh sorpresa! conseguí trabajo más rápido de lo que ellos tardaron en responderme.

Ya había enviado muchas hojas de vida a un montón de lugares y, aunque no estaba pareciendo ser una estrategia exitosa, ese lunes 14 me levanté a bajar el torrent de Mad Men y GOT a ver qué había en trampos.co a lo que ya no le hubiera botado un huesito. Y encontré un par de ofertas nuevas así que envié otro par de CV en PDF. Seguí navegando, di con la nueva canción de Pomplamoose y me quedé pensando en lo lindo que se debe sentir un Tax Refund. 

Puse la canción en un loop infinito y de repente llegó un correo con respuesta casi inmediata de una agencia digital pidiéndome una entrevista para esa misma tarde. Un 14 de abril. Cantaba con emoción y con el volumen un poco más alto en los audífonos. Habría sido lindo grabarme, sería una estrella viral.

En ese momento no lo pensé, pero era mi primera entrevista de trabajo EVER. Es decir, los dos trabajos en comunicación digital que ya tuve (en los que fui muy feliz y con los que aprendí trillonadas) los conseguí en un proceso muy diferente que prácticamente consistía en conocer gente que quería trabajar conmigo y con los que yo quería mucho trabajar.

Así que nunca me había puesto a ver mi clóset (que en esta vida nómada que llevo actualmente es bien limitado) con tanto detenimiento. Decidí caer en el cliché solo para no arriesgarme y llevar unos tacones cómodos con la pinta de quien aspira al cargo de gerente. La project manager que me entrevistó fue un dulce y la oficina me pareció acogedora para una padawan curiosa e hiperactiva digital, así que me sentí en la confianza de decir que normalmente voy al trabajo en tenis.

Ese día salí sin ninguna certeza pero recibí al llegar a la casa un nuevo pedido de entrevista, esta vez con la dueña de la agencia. Me fui a dormir con la promesa de regalar todos los alfajores y chocolates que tenía guardados para vender si conseguía el trabajo. Y en la tarde del día siguiente me armé de valor y me fui en tenis a enfrentar la última prueba. Solo con las preguntas sobre mi signo del zodiaco, mis cualidades y defectos y la proyección de cómo me veo en 5 años me sentí completamente perdida, distraída pensando en lo mucho que me gustaría conocer la teoría de psicología organizacional que justifica esas valoraciones.

El resto del tiempo lo pasé pensando en lo mucho que podía aprender de mi entrevistadora, dueña mayoritaria y la única extranjera de la agencia. Judía de origen mexicano, que hizo colegio y universidad en Brasil pero que ya vivió en Alemania y Estados Unidos. ¿Han visto alguna mujer ambiciosa que cree firmemente en sus capacidades y es estratégica para conseguir lo que quiere? Bueno, así me pareció ella porque seguramente es lo que ella ha decidido transmitir sobre sí misma y se nota que se esfuerza por estar en control de esa imagen, que “se vende” a su favor.

Y en el trayecto de las 3 estaciones de tren entre la oficina y mi casa, esos 15-20 minutos que me demoro en llegar, la inseguridad me tuvo pensando en qué podría haber omitido y qué podría haber agregado. Llegué agotada a sentarme y desahogar mi experiencia con mi roomate psicóloga (experimental, que no por ser científica es menos buena escuchando mis dramas), hasta que dos horas después me llamó la project manager que es un dulce a decirme que querían trabajar conmigo. Y fui feliz y nos fuimos a tomar un café/té con torta en Vila Madalena para pasear las endorfinas.

Mi primera entrevista de trabajo, en Brasil. Para un puesto en el que el portugués es requisito indiscutible, al que se presentaron más de 50 brasileros con sus hojas de vida y experiencia previa. Y me lo dieron a mí. Todavía no me lo puedo creer.

Y hoy fue mi primer dia de trabajo, porque necesitaban a alguien urgente para comienzo inmediato. Fue un dia larguísimo y regresé cansada, con sobredosis de información (son 8 clientes para estrategia en redes sociales y la lista va en aumento) y de emoción por estar trabajando de nuevo, esta vez en un papel en el que voy a aprender como nunca antes. En otro país, en otra lengua, en medio de otra cultura.

I feel like a million, and one in a million.

Sonrisa cansada después de mi primer dia de trabajo en Brasil

Bob Ross no sabía de huevos podridos

Hoy hace un año estaba preparando mi almuerzo en la cocina de una hermosa casa en Alto de Pinheiros, donde vivía con aquella mujer que mencioné en mi recuento de fin de año. Ese día pasó algo, sobre lo que escribí unos meses después cuando conseguí mudarme. Nunca lo voy a olvidar.

Si los viajes lo cambian a uno, creo que yo tengo que darle gran crédito a esa mujer por ayudarme en el mío durante los primeros meses. Me endureció la piel y me enseñó lo peligrosa que puede ser la paciencia en exceso.

Celebrando que esta semana retomo mi estudio de portugués, porque un año de clases en la universidad aquí en São Paulo no me pareció suficiente para pulir la práctica de los diversos tonos informales que tiene esta lengua, comparto la crónica que escribí hace meses pero no había publicado sobre mi experiencia ese día en la cocina de la señora S.

Aún no la he corregido, así que va sin la suavizada que da el tiempo ni la complejidad que da el aumento de vocabulario. Ilustrando, una foto de la cocina que saqué de la página de airbnb donde encontré (muy a pesar mío) la casa maravillosa de una mujer terrible.

La cocina

Em São Paulo morei por seis meses na casa da Senhora S, uma mulher de 64 anos com energia e modo de vida de uma pessoa de 30. Casada e com filhos que mora sozinha porque é tremendamente independente. Nunca conheci ninguém como ela e ainda assim reconheço muitas características na sua personalidade que são iguais ou muito parecidas ás de outras pessoas que já conheci, incluindo a mim mesma. É então, uma pessoa estranha que me resulta curiosamente familiar.

É por isso que já conheço muitas de suas reações e compreendo muitas das suas regras. Porque sua vida esta completamente baseada nelas: jeitos que tem para cada coisa, todos baseados numa lógica muito racional e até muito prática embora de controladora. A casa toda funciona com essas pequenas e precisas regras, desde os sapatos que sempre ficam na entrada e não podem entrar á casa até o minuto que a gente tem que esperar para abrir de novo a geladeira se acabou de fechá-la. São regras simples, mas são muitas. E claro, a reação dela não é precisamente de paciência quando alguém não consegue conviver com todas ou pula alguma. Sem gritos ou palavras feias, só com gestos de ansiedade irritada, ela explica mais uma vez como a coisa deve funcionar. Nem é necessário dizer que é uma odisseia procurar uma moça que consiga passar direito todos os níveis desse jogo ou ficar mais de dois meses.

O conjunto de jeitinhos e regras dela é como uma complexa máquina perfeiçoada com a experiência, os erros e o tempo. Para viver com ela é preciso aprender as partes dessa máquina, conhecer todos os detalhes hipoteticamente úteis. Mas o mais importante é tentar compreender a lógica com que foi criada a máquina, para poder lidar com ela corretamente quando a Senhora S não esteja. Isso foi o que aprendi o outro dia, que vou contar nesta memoria.

Era sábado ás doce e pouco, desci á cozinha para fazer um almoço simples. A cozinha é o lugar mais delicado para a máquina. Há muitas peças frágeis e muitos erros possíveis. Há panos para cada coisa, três tipos de sabão diferentes e um uso específico das panelas, as facas de cozinha, os talheres, etc. etc. Lembro bem o que tem que ver com o uso básico da cozinha, ao final só tinha que deixar tudo no mesmo estado em que estava antes: normalmente limpíssimo e organizado. Mas a máquina é chata na parte da cozinha, então sempre tento não fazer mais bagunça da estritamente necessária.

Tirei meus ovos da geladeira para fazer uma omelete. Sobre o balcão de madeira, perto –mas não suficiente- da pia, quebrei um ovo. O mais bem: tentei quebra-lo, mas ele explodiu pelo gás e o conteúdo estragado deixando tudo ao redor espirrado. Nunca antes disso tinha experimentado o cheiro de enxofre horroroso do ovo podre. E justo foi na casa da Senhora S quando ela estava ausente. As instruções da “máquina dos jeitos” nesse momento mudaram automaticamente para chinês. Não tinha ideia sobre o procedimento de limpeza nessa situação.

Tive que sair com cuidado da cozinha, tomar um banho rápido e incômodo, trocar de roupa e tomar uma toalha de mãos própria para limpar o piso e as paredes com o sabão da pia. Porque não conhecia as regras para uma situação assim. Nem sentia vontade de tomar tempo para procurar na internet, coisa que para tudo eu faço. Limpei durante 3 horas, não fiz almoço nem comi coisa nenhuma e ao final da tarde eu sentia ainda pior o cheiro na cozinha. Quando a Senhora S chegou, cansada e já irritada por outro assunto, foi bem incómodo. Pelo menos só usei uma toalha própria e o sabão que eu mesma também forneço para lavar a louça, então não quebrei peças da máquina.

Só depois de que a menina que ajuda com a limpeza da casa chegou de emergência no dia seguinte e eu consegui tomar banho até só cheirar sabão, fiquei tranquila. Mas é uma coisa que não vou esquecer nunca, essa sensação de não saber como atuar para enfrentar um problema prático que precisa solução de forma imediata. A ansiedade que cresce, o sabão e a agua que correm e o cheiro de podre que fica como se fosse bruxaria.

O Bob Ross de The joy of painting, que eu curtia tanto quando menina, disse alguma vez “There’s no mistakes, only happy accidents”. Eu acreditei nele e suas frases felizes até que tive que morar com a Senhora S.

Sambayón

Llegué para el amanecer. Calculé mal la hora de llegada, era demasiado temprano y el remis (así le dicen al taxi informal de confianza en Argentina) todavía no había llegado. Me comí la manzana que me empacó Rocío pensando en lo que me había advertido: Martín dormía hasta tarde y no sería muy buena idea despertarlo con una llamada avisando que llegaba im·promp·tu, de sopetón. Carajo, por qué no avisé el día anterior que viajaba para llegar a esa hora. Me confié y se me olvidó cuando tuve en mis manos las llaves de su casa. Ahora tenía que hacer tiempo, así que la solución que se me ocurrió fue pasar (desapercibida), dejar la mochila y salir de nuevo para caminar y comer algo mientras llegaba una hora decente para entrar y presentarme.

Pobre, creo que realmente lo asusté cuando abrí la puerta del apartamento y lo vi en el sofá viendo una maratón de House of Cards por Netflix que había comenzado la noche anterior. Yo lo pensé y él lo mencionó: carajo, por qué no timbraste. De nuevo, me confié por las benditas llaves. El momento incómodo no se prolongó demasiado. En mi caso porque tenía una mezcla de sueño y emoción que suprimía la vergüenza; me gustó demasiado lo que vi por la ventana del remis desde la terminal de Retiro hasta esa dirección en Almagro como para sentirme mal. Y él no se incomodó tanto porque no tiene remedio su buena onda: no sólo encargó que me dieran unas llaves extra de su casa mientras yo estaba en Córdoba para poder llegar independientemente de si él estaba, además -cuando le llegué de sorpresa madrugadísima- salió a comprar facturas para el mate, volvió con la prensa del día para que pudiera contextualizarme y me ofreció una silla en su balcón lleno de plantitas para que pudiera poner ahí al tiburoncín y usar internet. Un santo de la paciencia con superpoderes caritativos.

Martín también es de Bell Ville, durante muchos años fueron vecinas su familia y la de Rocío *mi compañera nómada en el 2013*, y son mejores amigos de infancia con el hermano mayor de ella. Ya acostumbradas a viajar sin pagar hoteles ni hostales ni campings ni hamacas en la playa siquiera, era lógico que yo buscaría un desconocido/amigo de un amigo para alojarme gratis en Buenos Aires una semana y ella me ayudó a encontrarlo, con sus contactos de local. Por supuesto y como siempre, no esperar nada más que un colchón y una ducha hizo que todo lo demás fuera una maravillosa fortuna.

Las primeras horas puse a marcar en el mapa de Buenos Aires todo lo que quería visitar y todo lo que me recomendaban con puntos color azul default y cada día regresaba a convertir los que había visitado en tachuelitas de un color distinto.

La mateína ofrecida por mi anfitrión tuvo su efecto y en lugar de dormirme arranqué ese mismo día a caminar por el barrio (las tachuelitas de azul claro).  Pasé por La Huella, un centro cultural que estaba cerrado y por la misma calle llegué a un almacén en una esquina, viejísimo, que se llamaba La Casa de las Aceitunas y olía precisamente a eso; me hizo pensar en el Almacén Don Manolo de Quino en las tiras de Mafalda, con todos los frascos y latas apilados.

Luego di de frente con el Abasto, un hermoso edificio que solía ser una plaza de mercado como las que me gustan (?) y hoy es un centro comercial como cualquier otro por dentro, salvo por su McDonalds Kosher. Seguí paseando y llegué a La Rica Vicky, restaurante peruano que me recomendó Miguel y que confieso era mi objetivo desde que salí de la casa. No me decepcionó: barato, ogro y sabroso. Una leche de tigre y un ceviche para morirse.

Quisiera destacar en esa primera caminata ya tenía internet en el celular y mi mapa de puntos mágicos a la mano, gracias a la sim que compré tan pronto me bajé del bus en Retiro y que comenzó a funcionar inmediatamente.  En cada esquina sin señalización de nombres de las calles (gran defecto de la ciudad)  le agradecía a Monesvol por estar en una metrópoli que, a diferencia de São Paulo, goza de unas telecomunicaciones decentes y wi-fi libre del Gobierno de la ciudad en un montón de lugares.

Después del almuerzo seguí caminando por la avenida Pueyrredón hasta llegar a la Santa Fe. Y ahí me encontré con el cielo a medio abrir de las boludeces lindas; a medio abrir porque era lunes y al parecer ése es el dia libre de estos chicos, jóvenes diseñadores y artistas dueños de las tiendas, talleres y galerías donde se encuentran libros y publicaciones independientes, ropa, música local de bandas que nadie conoce (aún), muebles y objetos de decoración y todas esas cosas que yo ya decidí no comprar porque me impiden mudarme más fácil. Si, es un sitio hipster. Y me gustó y me enamoré de todo y tiene facebook si les da curiosidad.

Después de sacar a pasear con la mirada a mi consumista interna, volví a la casa a bañarme y descansar. Pero todavía no podía dormir así que al rato, por recomendación de Martín, me fui al Konex que también estaba cerca a ver La Bomba del Tiempo. Llegué tarde pero igual me alcancé a contagiar lo suficiente con la energía de los tambores y volví con mucha disposición a probar el colchón prestado.

(Continuará)

Salamín

Es media noche del octavo dia que llevo en Argentina. Voy en la primera fila del segundo piso en un bus que va de Bell Ville (en Córdoba) a Retiro, el terminal de Buenos Aires Capital. Voy escuchando Arjona, el vidrio panorámico que tengo al frente está medio quebrado y lleno de cagadas de paloma y a mi lado va dormido un wachito que por poco me apoya la cabeza y las piernas encima, pero soy feliz. Este es el primero de tres países nuevos que conoceré este año.

Córdoba me recordó mucho a Bogotá con sus edificios de ladrillo colorado, con sus árboles y su llovizna con viento frío. Tuve suerte con el clima, o quizá no tanta, porque como venía preparada mentalmente para un calorón húmedo constante me traje toda la ropa de la sección equivocada del clóset. Ni una camperita, ni un pantalón siquiera.
Volamos con Rocío (mi compañera de nomadismo del 2013, cordobesa) a Rosario, gracias a una promoción de TAM en un nuevo intinerario directo desde São Paulo. Habíamos separado asientos en primera clase sin saberlo. Recibimos cual lotería millonaria la mantita y almohada. Nos bajamos en Rosario y Argentina me recibió con sus brazos abiertos en forma de wi-fi libre. Acostumbradas al viaje mochilero y a la amabilidad de los brasileros en la ruta, intentamos hacer dedo/autostop/carona hasta Bell Ville pero nos chocamos de frente con esa seriedad un poco agresiva que surge de la desconfianza para quien no está acostumbrado ni es flexible ante la idea de llevar un par de cuadras a un par de desconocidas.  Después de varios intentos la única que nos llevó del aeropuerto hasta el terminal de colectivos era una chica brasilera. Así que me costaba leer los avisos en español durante el camino, porque hacía más de un año que no lo leía en la calle y porque dentro del carro todavía seguía hablando y escuchando portugués.
En la terminal mi compañera argentina aterrizó en la realidad de las empanadas a 9 pesos, la de las tablas de precios con borrones visibles o papelitos pegados a medias como si escondieran algún premio detrás. Ahí supe que la plata no me rendiría tanto como esperaba y lamenté no haber traído más.
Llegamos a Bell Ville, la ciudad donde nació Rocío y donde vive su familia. Pequeñita y llena de idiosincrasia cordobesa, de familias conocidas entre sí, de abuelos entrañables que esperan el regreso esporádico de sus nietos mientras juegan al tennis en el club deportivo que es el orgullo de sus habitantes o caminan en el lindo Parque Tau por donde pasa un rio navegable y nadable que atraviesa la ciudad. Llego casi al final de la siesta, en la que todo cierra y sólo bolas de heno pasan por las calles. Conozco un kiosko, como una tienda de barrio colombiana donde se consigue -dice la leyenda- de todo. Comienzan los reencuentros de Rocío en el centro de la ciudad y luego nos vamos a su casa, en las afueras.
Y como si fuera propensa a los accidentes de viaje para probar el sistema de salud de cada país, me entra un mugre en el ojo y me arruina la inspección del paisaje en la ruta. El desgraciado se resiste a tal punto que me hace llorar de desesperación, bañarme con suero y agua y rogar que me saquen con depilador una pestaña torcida a la que incrimino injustamente. Al dia siguiente, después de desayunar con Rocío, su madre y una de sus amigas en un lindo lugarcito donde se junta la gente a merendar, me fui a buscar un oftalmólogo para solucionar el problema. Como no había ninguno de turno en el hospital público tuvimos que ir al consultorio privado donde con delicadeza y una deliciosa anestesia el experto me sacó el “residuo vegetal” que me estaba volviendo loca. Afortunadamente no me alcanzó a hacer ninguna herida grave, pero igual tuve que ponerme un antibiótico tópico unos días. El chistecito me salió por unos 360 “mangos” argentinos, muchísimo más de lo que me han costado juntas mis 2 fracturas y mi torción de tobillo en Brasil. Pero ¡cómo agradecí la dramática sensación de alivio con la que salí del consultorio! Valió cada centavo.
Conocí las historias de Bell Ville y su comunidad, entendí la nostalgia de mi amiga por el pueblito de sus cuitas y me enamoré de la ternura de sus abuelos. La noche que llegó Sol (su hermana) con Guillermina (su primera sobrina, recién nacida) fue muy emocionante, también porque comenzó con mi primer asado argentino, preparado por el agrónomo de la familia hermano de Rocío. Nunca deja de sorprenderme el poder de convocatoria y de  que tienen los bebés.
Luego nos fuimos a Córdoba, aprovechando una carona familiar. Me fui tomando mates durante el camino sentada junto a Lucho, un cachorro que era todo un lord acostumbrado al auto. Lindos los arcos de Córdoba y todo lo que había detrás. Nos recibió con un clima frio, lluvioso, bogotano. Eso me sirvió para aliviar la nostalgia que tengo de mi sabanita al lado de los cerros. Nuestra primera parada fue el Mercado Norte, donde comimos en un restaurante árabe delicioso de una familia que hablaba con nostalgia de Armenia y después nos pusimos a pasear por el centro para buscar una bolsa de dormir para mí y un paquete de tabaco para uno de los compañeros de casa de Rocío en São Paulo. No compramos ninguna de las dos cosas pero caminamos por el centro en la búsqueda y al final, cansadas por andar con la mochila a la espalda, terminamos yendo a casa de las amigas de Ro para tomar unos mates frente a la pileta, un reencuentro que les sacó lágrimas a todas. Me sentía viendo una novela argentina de esas que pasaban por Disney Channel y mi adolescente interior se alegró por ellas.
En la noche nos fuimos de fiesta hasta el amanecer a un sitio de esos donde “se reservan el derecho de admisión”, un boliche famoso de Córdoba que abría de nuevo en otro local después de un tiempo de andar cerrado y celebraba con sushi, empanadas, pizza y tragos de Smirnoff con pomelo en frascos de mermelada (una usuaria de Pinterest detrás de esa movida, seguro) gratis para todos. Gente arreglada con chicos algo lentos frente a los brasileros que he visto en circunstancias similares y chicas bastante histéricas, más que las brasileras. Y viejos verdes adinerados en grupos de tres con whiskey en la mano, buscando los tacones más altos.
Fue lindo pasar la resaca con las chicas, hacer las compras en la despensa y cocinar el desayuno-almuerzo. Me hicieron una torta con dulce de leche y la sirvieron con té por mi cumpleaños, así me compraron el corazón. Seguimos con el intinerario de reencuentros de Roen Nueva Córdoba y rematamos el dia en Güemes, un barrio lleno de barcitos con onda y tiendas de boludeces bonitas de diseñadores jóvenes y alternativos. Nos comimos una pizza en el bar que abrió la revista Dada Mimi y fui feliz cerrando así mi primer dia de una nueva vuelta al sol.
Al dia siguiente me fui a recorrer la ciudad. Gran problema el horario de verano con su siesta y los negocios todos cerrados, la ciudad estaba dormida en un sábado laboral. Fui a museos, a las iglesias, a un centro comercial y a una empanadería maravillosa llamada La Alameda donde almorcé locro y humita en chala con vino helado mientras leía los “recados” locos de los former comensales. En la tarde Rocío me llevó a la gran atracción de Córdoba los fines de semana:  la feria de artesanías. Mientras montaban las barraquitas artesanales en la calle nos paseamos de nuevo por las tiendas de Güemes y nos quedamos tomando té. Se nos fue la mano con el tiempo entre sorbos y cuando salimos para recorrer la feria tuvimos que hacerlo a la carrera, porque teníamos que viajar de regreso a Bell Ville en la noche antes de que se hiciera tarde. Así que no tuve mucho tiempo para dejar pastar a la bestia consumista hippie que llevo dentro y dejar que encontrara un mate, la tuve que contentar con un par de aritos/aretes y unos sahumerios/inciensos.
Salimos corriendo para la terminal para pasar el domingo con su familia. Fue un gran asado de bienvenida a Guillermina, con la mayonesa casera de la abuela Luisa, el vino con hielo, la terma con soda y la carne jugosita, grasosita y blandita. Cumplo con la recomendación de mi papá de no irme de Argentina sin probar el salamín, y aunque yo no soy tan fan de los embutidos como él tuve que darle la razón después de probarlo. En la tarde para la hora del mate abrí el quilo de harina P.A.N. y dirigí la manufactura* de las “tortillas” con queso que Rocío quería que probaran en su casa. Ella y su abuela Luisa resultaron ser grandes armadoras de arepas.
En la noche volví a hacer la mochila y de nuevo me subí a un colectivo. Al otro lado del vidrio, abajo en la calzada está Rocío que mira para todos lados esperando para despedirme como una madre. Espero que sepa lo mucho que le agradezco compartir tanto conmigo y espero que pronto hagamos lo mismo en Colombia. Tengo que volver a Córdoba. A las sierras, al chori de Dante, al fernet con coca, a bailar cuarteto de La Mona, a entrar de polizona y tomar mate en alguna clase de la universidad Nacional, al cineclub, a remar o nadar en el rio de Bell Ville… No es suficiente con estos viajes cortitos, me parece. Quiero mini-vidas en cada lugar.
Mientras tanto, pongo Downton Abbey a ver si consigo dormir arrullada por el acento inglés.

Un año en Brasil

El 17 de enero de 2013 aterricé en el aeropuerto de Guarulhos. Era temprano en la mañana, no había conseguido dormir casi nada durante el vuelo y sin embargo durante el recorrido en bus hasta la ciudad no pude cerrar los ojos. Miraba por la ventana con la misma ansiedad y emoción con la que vi la ciudad por primera vez cuando me aventuré a vivir en São Paulo un mes en el 2012 y creo que siento lo mismo ahora cuando veo por la ventana de mi nuevo hogar en Sampa. Comienza mi segundo año en Brasil y todavía no puedo creer que haya llegado aquí. ¿Por qué, dentro de todas las opciones posibles de viajes e intercambios, me enamoré de este lugar?

Además de los mensajes a mi familia, la carta escrita/diario de viaje para mi hermana y las relaciones epistolares via email con algunos amigos no ha quedado ninguna crónica de mi viaje, del año bizarro y maravilloso que fue el 2013 para mí. No espero hacerlo ahora, me tomaría demasiado tiempo que la prudencia me indica que debería usar para otras cosas. Pero quiero hacer un resumen para no olvidar.

Llegué a vivir con una persona que al comienzo fue encantadora y me recibió como una profesora de vida. Encontré un cuarto en su casa por airbnb y lo alquilé sin pensar porque era grande y precioso y en un barrio lindo y muy cerca a la universidad. Una mujer mayor pero con un espíritu joven, deportista, bailarina de tango, abuela consentidora, psicóloga eutonista, madre de un ingeniero de sistemas y una artista circense/capoeirista/profesora de yoga. No puedo quejarme completamente de la experiencia de vivir con ella porque aprendí sobre Brasil y la cultura de la clase media-alta en este país mientras viví en su casa. Pero lastimosamente tampoco puedo recordarla con cariño ni buscaría que sigamos en contacto porque resultó ser una persona intolerante a los más mínimos y tontos detalles, negativa y exigente hasta el punto de ser agresiva con sus prepotentes prerrogativas. Con ella aprendí algo nuevo sobre mí misma: tengo la capacidad de ser paciente hasta en las situaciones de presión psicológica más absurdas. Semejante exceso, que desde entonces combato como un leve defecto, me llevó a soportarla durante 6 meses. Las complicaciones de una mudanza en medio del semestre, con mi rutina deportiva que andaba como un relojito y la cantidad de clases que estaba viendo, fueron mi excusa para no salir corriendo.

A las historias bizarras de la obsesión con la limpieza y los detalles de la señora S., con las que hice reír a más de uno -con esa risa compasiva que despiertan las desgracias contadas como si fueran chistes- se le sumaron otras historias: mi sufrimiento indecible con la clase de japonés y el primer fraude financiero del que he sido víctima en mi vida. Ah, las primeras veces. Por primera vez viví con alguien que no fuera familia. Por primera vez me clonaron una tarjeta y me robaron mis ahorros y mi mesada. Por primera vez perdí una materia (ah, ¿no sabían ya de mi ñoñez?). Por primera vez me fracturé y tuve que usar muletas.

La experiencia con la señora S. no merece mas detalles en un blog público como éste, es sólo un manojo de micro-historias que contaré a mis hipotéticos nietos cuando les esté explicando lo que es una bruja en la modernidad.

El episodio de la tarjeta se resume a que por el mal ejemplo del brasilero que paga hasta una cajetilla de cigarrillos con tarjeta, o incluso el chicle para después del cigarrillo, usé demasiado los datáfonos y me busqué un fraude que me asustó y me puso a llorar como una niña chiquita al teléfono con mi papá. Al final el banco me devolvió la plata gracias al seguro, pero ver la cuenta en ceros fue uno de esos momentos memorables del semestre.

También fue un error del tamaño del Fuji matricular el primer nivel de la lengua en el curso de filología, como si yo quisiera aprender japonés para dedicarme a analizar haikus gramaticalmente. No importó cuánto me dedicara, toda la cartulina que gastara en fichitas para “decorar” (memorizar) los kanjis. Intenté aprender japonés en portugués*, al estilo de la facultad de letras (filología) en una materia con tres profesores nissei que le hacían honor a su disciplinada cultura del perfeccionismo. Al final, me dejaron con una nota de 4.7 cuando se pasaba con cinco. A mí, extranjera intercambista que *ni siquiera hablaba bien el portugués y que presenté el examen final con el pie fracturado y andando en muletas.

¿Cómo me fracturé? Todavía no sé, pero tengo una idea de por qué me fracturé. Tenía una rutina deportiva intensa, me dediqué a aprovechar que la universidad tenía cualquier cantidad de cursos e instalaciones. Hacía yoga, “alongamento” (¿stretching?), corría, nadaba e iba a una clase que se llamaba entrenamiento funcional que me dejaba siempre molida al día siguiente. Me gustaba y no me sentía mal, pero era un exceso. El problema fue que no supe parar cuando me comenzó a doler la planta de un pie. Ahora pienso que inconscientemente no quería pasar tanto tiempo en la casa, para evitar mis habituales tensiones con la señora S. Así que seguí corriendo, nadando, haciendo asanas y estirando unas dos semanas, con el dolor.

Un día me sentí demasiado hinchada y adolorida, así que me fui al hospital con la ingenua esperanza de que me formularan una crema o un diclofenaco. Esperé (hospital público dentro de la universidad) unas 8 horas y eran casi las 10 pm cuando la ortopedista me confirmó con la tomografía que tenía una rara “fractura por estrés” y que tenían que enyesar. Ya había llorado en la sala de espera, de angustia y miedo. Pero en ese momento casi me desmayo. No dejé que me enyesaran y me fui cojeando y moqueando hasta la casa. Yo, que evitaba al máximo las complicaciones logísticas, no me imaginaba las dos últimas semanas de clases y exámenes finales con un pie fracturado y andando en muletas por una universidad gigante como la USP.

Esa fractura sólo trajo cosas positivas después, irónicamente. Una amiga brasilera puso un mensaje en su facebook y me demostró el poder del crowdsourcing consiguiéndome prestadas una bota ortopédica (para no tener que enyesar) y unas muletas. Y para completar, me recibió en su apartamento en las residencias de la universidad para evitarme durante los últimos días de clase el trayecto hasta la casa en bus con muletas. Hasta entonces no me había dado cuenta de lo triste y angustiada que andaba por vivir con una persona tan opresiva; el cambio de ambiente me hizo tan bien que casi me fui olvidando de lo grave que era haberme fracturado. Fue sólo esperar a que se acabaran las clases y, con muletas y la ayuda de otros buenos amigos que me ayudaron con su carro, me mudé al apartamento de otra amiga brasilera que me podía recibir por un mes durante las vacaciones cerca al famoso MASP. Y días antes de quitarme la bota me fui de paseo a Minas Gerais con dos francesas, a olvidarme de todo lo triste y recordar los pueblitos con calles de piedra y rodeados de montañas como en donde crecí.

Pasaron muchas más cosas durante esos primeros meses en Sampa, todo lo lindo que implica viajar y vivir en un lugar nuevo con otra cultura y otro idioma. Pero resalto esos momentos que no fueron los más agradables porque fueron con los que más aprendí.

Parece que en ese semestre cumplí con mi cuota de drama, porque el segundo fue sólo risas y diversión. La misma chica que me consiguió las muletas y me alojó en su casa me presentó a una chica argentina que acababa de llegar a hacer intercambio y que, como yo, estaba buscando un lugar para vivir el segundo semestre. Como si hubiera sabido que nos llevaríamos bien, aunque nunca nos habíamos visto, nos juntó y a partir de ahí vivimos juntas los siguientes 6 meses. La experiencia del roomate pero llevada a otro nivel, porque no sólo vivimos juntas durante tanto tiempo si no que nos mudamos juntas más veces de las que yo me había mudado en mi vida. Durante todo el semestre no desempaqué completamente las cosas de mis maletas ni una sola vez. Pasábamos un mes en un lugar, un par de semanas en otro, una o dos noches en otro… Todo sin la menor queja o frustración. Fuimos nómadas y estábamos encantadas de vivir gracias a una red de amigos y conocidos con los que no tuvimos que pagar ni un solo mes de alquiler.

Durante ese tiempo de buena fortuna inmobiliaria, buena parte de lo que ahorré en alquiler lo gasté en cultura y gastronomía. Con una joya de libro que reunía los restaurantes más sabrosos y justos (bueno, auténtico y barato) de la ciudad con comida de todo el mundo -del que hice un mapa en Gmaps y cuyo PDF comparto si me lo piden- conocí la ciudad y comí delicioso. Fui a muchísimos conciertos, a teatro, a cine más de lo que nunca antes y a todas las exposiciones de arte y museos que quise. Todavía no agoté la curiosidad que me genera esta ciudad y no puedo decir que ya la conozco toda, pero estoy segura que la segunda mitad del 2013 fue en sí un bocado gigante de la diversa y jugosa metrópoli que es São Paulo, que me llenó pero me dejó con ganas de más.

Terminé mis materias de la universidad. Para cerrar el año me fui a Rio y después a Bahia. Paraíso terrenal. Playa, olas bruscas y el agua cristalina de cascada para quitarse la sal del mar. Música, candomblé, capoeira. Nos fuimos muy en plan mochilero, con carpa y la actitud de regateo/ratoneo. Hice autostop/carona en la ruta por primera vez, conocí gente generosa y amable que me ayudó a quitarme una tonelada de prejuicios.

Ahora me falta entregar mi tesis, a la que me dedicaré exclusivamente este semestre además de seguir disfrutando la ciudad y viajando por Brasil y los países que por ahora tengo más cerca. Renuncié a la vida nómada y me mudé a vivir en un lugar estable, pagando arriendo de nuevo y compartiendo apartamento con dos estudiantes de doctorado que espero me inspiren en esa última etapa de producción académica. Con mi ex-roomate nómada viajaremos juntas a Argentina en febrero, donde pasaré mi cumpleaños. Después, no sé. Aprendí a planear a corto plazo mientras pueda darme ese lujo. Lo único que quiero a largo plazo es una boleta para el 14 de junio en el Mineirão de Belo Horizonte.

Comienza otro año en Brasil.

Intercambio en la USP

Este año estoy haciendo un intercambio en la Universidade de Sao Paulo, en Brasil. Mi objetivo es terminar las materias que me faltan antes de pasar a práctica (internship, que llaman) y graduarme. En este post me dedicaré a explicar por qué escogí venirme a São Paulo para terminar carrera, qué tiene de bueno esta universidad y cuál fue el proceso para poder aplicar y ser aceptada en este intercambio.

Disclaimer: Toda la información de este post es amigable sobre todo con los estudiantes de mi universidad (Externado de Colombia), pero he tratado de que no quede demasiado excluyente para usuarios que no tienen nada que ver con la universidad, ni con Colombia.

Mi historia de intercambio.

Estudio Comunicación Social – Periodismo en la Universidad Externado de Colombia. En mi facultad los estudiantes tienen que escoger entre dos posibilidades de énfasis cuando entran a séptimo semestre: Gestión Organizacional o Periodismo. Yo apliqué al intercambio para tener una tercera opción que se centrara más en lo que realmente me gusta: Comunicación Digital.

Lo que quiero con el intercambio es personalizar mi inversión en educación superior para obtener conocimiento específico en el área que más me interesa y en la cual ya he tenido la oportunidad de trabajar. Si hay algo que he aprendido durante mi largo y tragicómico tiempo en la universidad es que hay que tratarla como una inversión, no como un gasto. Si estoy pagando tanto dinero por hacer parte de una institución privada con conexiones internacionales, lo menos que puedo hacer es aprovecharlas para que me sean útiles ¿no?

La verde alma máter. Si hay algo que amo del Externado son sus lindos jardines.

El Externado administra la mayoría de los convenios internacionales para intercambio de la universidad a través de la Facultad de FIGRI (Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales). Hay otros convenios que fueron firmados por la facultad de Hotelería y Turismo que también están abiertos a estudiantes de otras facultades. Los convenios cambian cada año, aparecen unos muy buenos (como el más reciente de Turquía) o se cierran otros y cada uno tiene condiciones diferentes.

En febrero del 2012 yo estaba cursando sexto semestre y estaba buscando con calma entre las opciones de intercambio para hacer mi último año de carrera. Mi búsqueda tenía un criterio de selección claro: la universidad/facultad en cuestión debería tener materias y contenido interesante relacionado con comunicación digital y debía aportarme una experiencia cultural interesante sin costarme un riñón (a mí o a mis papás).

En marzo surgió una muy buena oferta de trabajo que se extendió hasta que terminé clases en junio. La experiencia de trabajar presencialmente y estudiar al mismo tiempo me resultó agotadora, así que aplacé el segundo semestre tranquila porque iba a poder presentarme al intercambio incluso sin estar matriculada en la universidad (tuve que separar mi cupo pagando el 20% de la matrícula, dinero que me reembolsaron en el pago de la siguiente matrícula).

Lluvia en Bogotá, desde el Externado.

La Universidad de São Paulo era el ítem más atractivo en mi lista de posibilidades. No sólo me brindaba la oportunidad de perfeccionar un tercer idioma, conocer una ciudad increíble para mis gustos personales y acceder un país que tiene un gran nivel de producción mediática y consumo de medios digitales, si no que además podría estudiar en la mejor universidad de la región, una de las mejores del mundo.

Así que el 10 de agosto presenté examen de portugués, el 15 de agosto llevé los papeles exigidos y luego de eso esperé. En los formularios puse de segunda opción a la FAAP (Fundação Armando Álvares Penteado), otra universidad en São Paulo privada y muy diferente a la USP, de tercera a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y de cuarta a la Universidad de Buenos Aires.

Mi duda con São Paulo era el presupuesto, si podría mantenerme allí como lo hacía en Bogotá. Para asegurarme de que no era una locura y confirmar o desmentir lo que había escuchado sobre los precios por las nubes de la vida paulistana, me fui de viaje un mes el 22 de agosto para conocer la ciudad y la universidad. Escribí un poco sobre mi experiencia los primeros días.

Al final me enamoré de la ciudad, volví convencida de que quería estudiar en la USP y esperé a que llegara el resultado de mi aplicación. Me aceptaron y aquí estoy, feliz de haber elegido terminar mi carrera como externadista en una gran universidad que, para para suerte nuestra, recibe a miles de estudiantes extranjeros para estudiar.

Mi carnet de la USP

La Universidad de São Paulo (USP)

Lo primero que uno nota sobre la Universidad de São Paulo es su tamaño. El campus principal, que se llama Armando de Salles Oliveira, ocupa un área de 7,443,770 m². Para que se hagan una idea: el campus de la Universidad Nacional de Colombia tiene un área de 1.213.500 m². Es decir que el campus principal de la USP tiene 6 veces el tamaño de la Universidad Nacional. Y ése es sólo 1 de los 11 campus universitarios que tiene, que se encuentran en otros lugares de la ciudad y otras 6 ciudades del estado.

Pero dejando a un lado el tamaño, es la institución educativa más prestigiosa de Brasil y varios rankings la ponen entre las mejores 15 universidades del mundo. Nada mal, ¿no?

Dentro de la nueva Alma Máter.

También es conocida porque es muy difícil ser admitido, el examen vestibular para alumnos de pregrado (es como un ICFES específico para la universidad) tiene fama de ser casi imposible. Es por eso que los estudiantes de la USP difícilmente pasan desapercibidos, tienen excelente acogida en el mundo laboral y logran también tener más acceso al mundo de los postgrados en otras grandes universidades del mundo.

Yo, como estudiante de intercambio, no tendré derecho a un título en la USP y no disfrutaré de las ventajas que ello supondría. Pero sí tendré acceso a la universidad con todos sus servicios, podré hacer contactos académicos con profesores y otros estudiantes y ver el contenido curricular que busco en una universidad de un nivel indiscutiblemente alto. No me importa no tener el título si puedo tener la experiencia. En mi opinión eso es acceder al 90% del beneficio.

El convenio externadista con la USP

La Universidad Externado de Colombia firmó un convenio de tipo “General”. Eso quiere decir que los estudiantes de todas las facultades de la universidad pueden presentarse a intercambio en la USP y ver materias de varias facultades al mismo tiempo. Yo, por ejemplo, veré materias en la Escuela de Comunicaciones y Artes (ECA) y también en la Facultad de Filosofia, Letras y Ciencias Humanas (FFLCH).

Um dos prédios da ECA.

Las materias en las que yo estaba interesada tuvieron que ser previamente aprobadas por la facultad en el Externado y luego aprobadas por la USP antes de admitirme como estudiante de intercambio.

Como la mayoría de los intercambios académicos que ofrece el Externado, éste puede ir desde 6 meses hasta 1 año. Estos son los requisitos usuales de la convocatoria de intercambios, que aplican para todos:

  1. Tener mínimo 3.8 como promedio acumulado.
  2. No haber presentado fallas disciplinarias a lo largo de la carrera
  3. No tener materias ni créditos atrasados (En dado caso eso debe aclararse)
  4. Cumplir con los requerimientos de idioma exigidos por cada universidad extranjera
  5. Estar cursando, mínimo, sexto semestre.

Luego también tendrán que sustentar sus objetivos y argumentos por los que quieren estudiar en la USP, además de tener una carta de recomendación de un profesor escrita en inglés o portugués.

(Click aquí para más información sobre la convocatoria)

Para este intercambio (también para el de la FAAP) no hay examen de inglés ni piden un certificado de TOELF o IELTS, pero sí es necesario demostrar proficiencia en portugués. Es necesario tener un nivel medio (nivel II del Externado) de portugués. Yo estudié el nivel I en la universidad y seis meses después hice un curso intensivo de un mes en el IBRACO -en nivel II- al que iba todos los días de la semana.

Lápiz que me regaló mi profesora en el IBRACO, una querida bahiana llamada Beth.

Lo del mes intensivo fue necesario porque, lo confieso, me falta la disciplina para estudiar idiomas por mi cuenta. Lo único que hice para mi refuerzo autodidacta fue ver muchas películas en portugués con subtítulos en portugués. Las pausaba (infinidad de veces) cada vez que aparecía una palabra o expresión desconocida. Luego escribía eso en un vocabulario que repasé pocas veces pero que sólo por el hecho de escribirlo se me quedaba grabado un poco más. Hasta ahora es lo mejor que conozco para acelerar el aprendizaje del portugués: ver películas. O escuchar música e ir leyendo la letra, que supongo tendría más o menos el mismo efecto.

Luego de terminar el curso presenté el examen, que es en la universidad con la profesora de portugués y es exclusivamente escrito, y lo pasé con buena nota. Luego de eso viajé y pude soltar la lengua para hablar, pero no diría que eso es absolutamente necesario.

Comunicación en la USP

La Escuela de Comunicaciones y Artes (ECA) es una de las facultades más importantes de la USP, fundada en 1966. Tiene muchas carreras de pregrado diferentes, muchas de ellas ofrecidas en horario diurno y nocturno (aquí es muy común que la gente estudie de noche para utilizar el día para hacer deporte profesionalmente o trabajar).

Por esa cantidad de carreras diferentes (sin contar las otras facultades que tienen carreras de humanidades), la oferta de materias es bastante amplia. Aunque no todos los semestres están disponibles todas las materias para ser cursadas, al final se puede tener una buena selección de opciones variadas para ver durante el intercambio. Pero, de nuevo, cualquier materia elegida debe ser revisada y aprobada por la facultad del Externado primero.

Maqueta de la ECA, una de las facultades o escuelas de la USP.

Aquí hay un video interesante (en portugués) hecho para los 40 años de la ECA, celebrados en 2006:

Sao Paulo para estudiantes

Es una ciudad llena de museos increíbles, galerías de arte independiente, graffiti en las calles, salas de cine, teatros y parques con actividades al aire libre. Esta ciudad ama a los estudiantes, les da todas las posibilidades para que participen activamente de las miles de actividades culturales que se organizan por las entidades públicas y privadas. Aquí quien tiene carnet de estudiante paga media entrada para casi todos los espectáculos y eventos culturales o de entretenimiento y puede pagar la mitad en el transporte público urbano.

Combinando éso con la experiencia académica en una universidad que también tiene una oferta cultural inmensa y actividades extracurriculares para todos los gustos, este intercambio es el mejor de todos para mí.

Si como a mí les gusta el arte independiente y urbano, la música y los conciertos, el teatro y las artes escénicas, la naturaleza (hay zonas de esta ciudad llenas de árboles en las calles que por esta época veraniega llenan el sueño de flores rosadas y moradas, como en un sueño), ésta es una ciudad para pasar las mejores vacaciones no-playeras de sus vidas o el mejor semestre de intercambio.

A room with a view of São Paulo.

En un video de la Facultad de Comunicación subido a YouTube podrán ver mi testimonio y el de otros estudiantes de intercambio de la facultad en otros lugares del mundo. Para verlo, click aquí.

Del dragón a la serpiente

Se acabó el 2012 y el año del dragón de agua ya casi termina. Sin ser nada supersticiosa ni creer en cosas esotéricas debo decir que de alguna forma mi vida tomó una dirección que jamás habría podido imaginar, como si mi destino -si es que existe- estuviera regido por algún tipo de fuerza sobrenatural o una deidad caprichosa.

Mi hermana se fue comenzando el año, dejándome un hueco en las tripas que quedó abierto durante los meses que siguieron. Estaba triste y confundida. Pero no me dio tiempo a deprimirme, porque mientras estaba en la universidad y trabajaba como Freelance me salió un contrato medio tiempo como Coordinadora de Comunicaciones en el Distrito Lasallista de Bogotá, para hacer comunicación web y publicaciones principalmente. Mi primer trabajo de verdad, cotizando pensión y esas cosas de la gente grande.

Un mes después seguía frustrada, pero al menos ya sacaba conclusiones y lecciones (algo tajantes) sobre la partida de mi hermana, mientras trabajaba y estudiaba como nunca antes.

Todavía es un misterio cómo hallé tiempo para cumplir con todo y no volverme loca. Amanecí haciendo trabajos varias veces, cosa que en mi vida de estudiante he hecho sólo en momentos de mucha presión. Aprovechaba el espacio de concentración y productividad que tenía en la oficina y varias veces me quedé hasta muy tarde trabajando en cosas de la universidad.

Ya había decidido aplazar semestre para aprovechar la experiencia en la oficina, estudiar portugués y presentarme para hacer intercambio en Sao Paulo y hacer mi último año de carrera allá. Así que -en cuanto terminó el semestre académico- eso hice. Ahorré, trabajé y estudié para presentarme al intercambio.

Aproveché que tenía un poco más de tiempo libre y me fui a visitar a mi hermana en Pereira. Fue un hermoso paseo con un clima delicioso mucho verde, viajes en chiva, caminatas a parques naturales y pajaritos tropicales despertadores. Hasta que tuvimos que despedirnos y ella aprovechó para decirme que me iba a condenar, que estaba cumpliendo con advertirme pero que no podía hacer más nada. Volví con el corazón hecho una uva pasa, pensando en que quizá nunca volvamos a ser sólo hermanas si no que siempre seremos la creyente y la agnóstica. “Ojalá un dia sea más fácil”, fue lo último que me dijo mientras esperábamos mi bus al aeropuerto.

Regresé a mi rutina durante un par de semanas y luego viajé un mes a Sao Paulo para conocer la ciudad, tantear el terreno y decidirme entre las dos universidades en las que podía terminar: la FAAP y la USP. Un mes en el que viví sola, trabajé a distancia (no podía simplemente tomar vacaciones), conocí gente maravillosa y puse a prueba definitiva mi instinto de supervivencia y de ubicación espacial. Aprendí infinidad de cosas, más aún sobre mí misma. Cuando volví supe que definitivamente quería volver y me decidí por la USP para terminar la carrera.

El resto del año fue una sucesión de trabajo inmediato y sueños a mediano plazo. Es una lástima que después de dejar el puesto en La Salle para el viaje, muy poco de lo que comenzamos con mi jefe vaya a tener la continuidad que se merece. Pero bueno, aprendí mucho de esa primera experiencia en una organización grande. Tuve el mejor primer jefe y en algún momento de todo lo que hice tomé una foto que recordaré siempre.

Finalicé el año con la celebración de navidad en familia, pero terminando el año nuevo en casa de Nicole haciendo de niñera para su perrita Moka (akita, 5 años) mientras ella estaba de viaje con su familia. Estuve allí una semana haciéndole compañía y malcriándola sacándola tres veces al día al parque para que olisqueara mientras yo leía. Fue un extraño pero muy agradable espacio de soledad que aproveché para pensar en lo que se viene este año, un gran comienzo.

Viajo el 16 de enero a Sao Paulo llevándome todo (lo que necesito) y tratando de vivir acorde al mismopantalonismo: con equipaje ligero y el gasto aterrizado al objetivo del ahorro.

También concilié mis sentimientos encontrados con todo el asunto de Cata y, ya sin nostalgia o tristeza absurda, redacté mi único propósito para el 2013 en el Rabbit Rabbit Resolution Accountability Squad, un grupo en Google+ creado por Buster Benson.

El año nuevo de la serpiente negra de agua creo que me trae cosas extrañas también, un cambio de piel. Averiguaré si lo celebran en Liberdade.

Actualización: ¡Lo celebran en Liberdade! La fecha oficial del año nuevo es el 9 de febrero, pero lo celebraron aquí una semana antes para que no se cruzara con las fechas de carnaval. Fui a la celebración y grabé este video (además de tomar muchas fotos que puse en mi instagram):


Daniela Jaramillo

Digital stuff.

ICT enthusiast, internet surfer. Life apprentice, aspiring globetrotter.

23-year-old museums lover from Sogamoso (Colombia) that sends real postcards from her current home, São Paulo (Brazil).

Currently finishing her degree in Communications and freelance working as Social Media Strategist.

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