Personal

Primero de abril.

Hoy Cata cumple 19 años. La misma edad que yo tenía cuando la vi llorar durante varias semanas por una pena de la que no he podido tener detalles completos, sólo confesiones parciales. Un dolor que la llevó a desenterrar y aferrarse a la religión familiar, que tantas veces había rechazado, hasta creer en ella más que nadie que yo haya conocido. Hoy yo tengo 21 años. Ella está lejos desde hace dos meses, en una comunidad religiosa.

Todavía me asombra esa transformación absoluta a punta de disciplina y autocontrol por la que pasó durante dos años, más aún esa decisión de irse y dejarlo todo. No podemos hablar muy seguido, pero hoy que pudimos llamarla lo confirmé: ella es de las personas más felices que conozco. Así que no soy capaz de juzgarla ni tendría razón al hacerlo, porque ella supo lo que quería y salió corriendo a conseguirlo. Yo no podría decir que he hecho lo mismo.

Cuando faltaba poco para que se fuera comenzó a calarme la angustia. De verdad había perdido a mi hermana; ella ya no era la misma persona y probablemente nunca más lo sería. Ya no teníamos nada en común salvo el inmenso amor que nos tenemos por haber crecido juntas, de la mano. Se desboronaban ante mis ojos todos los planes a futuro con los que ingenuamente había alimentado mi imaginación desde pequeña; me preguntaba si sería mi culpa, si tal vez debí decirle algo diferente cuando la vi tan profundamente triste hace dos años. Lloré mucho, sufrí con egoísmo. Pero el dia que se fue la vi tan convencida y tan feliz que todo lo que pude pensar es que tenía que encontrar las fuerzas para imitarla y tomar mi propia decisión absurda ante los ojos de los demás.

Mi concepción de mí misma tambaleaba cada vez más fuerte mientras ella iba cambiando. De repente ya no le interesaba ir a cine, ni salir a pasear, ni dejarme que la invitara a un helado o a ver algo en Internet. Me sentía frustrada porque ya no era la Cata que quería pasar tiempo conmigo, que demandaba mi atención y mi cariño. Al fin había encontrado algo propio, algo que no me había visto hacer nunca pero que igual le fascinaba. Comencé a dudar de mí pensando que quizá lo correcto era que comenzara a ser más como ella, más piadosa, más creyente y practicante. Pero la presión hizo que todas las pequeñas convicciones espirituales que tenía se fueran aflojando hasta quedar  sueltas y a la deriva dentro del enredo de mi cabeza.

Ahora lo sé. Yo me definía a partir de lo que creía que yo era para ella: un ejemplo de responsabilidad, de templanza, de obediencia, de paciencia. Porque ella siempre fue, hasta hace dos años, la más rebelde, impaciente y malgeniada de las dos. El vacío que siento desde que ella ya no es la misma es el lugar donde estaba bien puesto y amarrado todo lo que yo hacía para complacer sus expectativas y las del resto de la familia. Pero desde que ella es más responsable, templada, obediente y paciente que ninguna otra joven de su edad que yo haya conocido, me cuesta justificar mi actitud sumisa de siempre. Porque ya no me nace; no son mis ideas, no es mi visión espiritual. Porque el estante se sacudió y los jarrones de vidrio se estallaron contra el piso.

Yo también quiero seguir un sueño, vivir bajo reglas de las que esté convencida y tomar decisiones que, aunque nadie más las entienda, estén guiadas por corazonadas auténticas y no por un modelo moral y religioso que yo misma le he ayudado a mi familia a imponerme. Quiero cometer mis propios errores y no actuar como si ya hubiera vivido a través de los adultos para los que soy tan “madura”. Por eso creo que tengo que imitarla. Superar la cobardía y tomar decisiones a veces sin tener la plena seguridad de estar haciendo bien, arriesgándome para poder armar mi propio yo sin meter a nadie más en la ecuación.

Desde hace dos meses estoy tanteando mis nuevos y propios límites. Probando cosas nuevas, descubriendo y eliminando prejuicios que hasta hace poco no sabía que tenía. Tratando de encontrar un sabor de helado favorito que sea menos safe que la vainilla, hablando más con gente diferente, escuchando con más atención, rechazando de frente toda la paranoia y la negatividad que antes soportaba por educación. Haciendo planes con el instinto y la intuición.

Decidí, por ejemplo, aplazar el próximo semestre y tomarme el tiempo que necesito para poder irme a terminar materias en otra universidad en lugar de quedarme con materias que no me convencen. También decidí no esperar ni depender nunca más de las distinciones institucionales cuando me negaron por tercera vez consecutiva la beca de excelencia académica de la universidad (siempre con una excusa diferente). Decidí aceptar un nuevo trabajo y dejar a un lado el miedo de no poder ser responsable con todo (mi otro trabajo, mis proyectos personales y la universidad). Y decidí comprar pasajes para irme sola un mes a una ciudad que quiero explorar para vivir en ella el otro año, aunque sea carísima y esté lejos (que ni está tan lejos).

A quienes están acostumbrados a una plena libertad de ideas, pensamiento y acciones podrá parecerles insignificante o tonto, pero para mí es una gran serie de cambios. Una libertad que yo misma me he negado por tratar de actuar siempre “correctamente”.

Todavía siento a la niña sometida en mi interior, incómoda porque quiere volver a la seguridad de no pensar por sí misma y aceptar lo que la familia insinúe al respecto. Pero esa será mi transformación, hacerla desaparecer hasta que quede sólo una auténtica persona dentro de mí. Así como dentro de Cata poco o nada queda de la hermana que yo tenía hace dos años.

Cuando le corté el cabello con tijeras de colegio, antes de irse.

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3 thoughts on “Primero de abril.

  1. Manuel dice:

    Sensible mensaje.
    Me gusta mucho tu nueva filosofía de vida. Muchos deberíamos aprender de ti y no hacer lo que nos toca sino hacer lo que queremos sin limitaciones.
    Animo Pashmina.

  2. Pingback: Del dragón a la serpiente « Mar acá, mar acuyá

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