Reportes

Mi primera vez en Sampa.

“She’s got freedom in the 21st century”. Esa es la canción que suena en mi cabeza cuando pienso en estos últimos días.

Son las ocho y media de la noche aquí en Sao Paulo. En este momento será ya una semana exacta desde que llegué.

No tenía ni idea, mientras veía por la ventana del avión quién sabe qué montañas nevadas entre Perú y Brasil, disfrutando del sol tibio que pegaba en las páginas de mi copia recién estrenada de La Dama de las Camelias, que iba a llegar a una ciudad que me haría sentir tan chiquita.

Pero chiquita  por lo curiosa, ingenua, inexperta, estudiante; como una máquina estrenando partición de disco duro. Y es que con tanto archivo nuevo para mí en esta ciudad siento la cabeza agradablemente en blanco para copiar en mi mente los olores, los sabores, los gestos, las expresiones, las palabras, las cosas. Se me ocurre que el viaje a Japón podría sentirlo como una formateada absoluta.

Claro, Sao Paulo no es muy lejos ni es tan diferente de lo que conozco. Pero dejo que me vuele la cabeza en cada esquina, con cada edificio lleno de grafitti, en cada padaría, lanchonette o sitio con jugo de açaí.

Aterrizaré un poco mi impresión y las cosas que he hecho durante esta primera semana de mi mes en Sampa porque me temo que olvidaré muchos detalles si no pongo algo sobre estos días por escrito. Será imposible escribir todo con detalle, pero los trozos gruesos me ayudarán a recordar más fácil las piezas pequeñas que falten en el rompecabezas.

Miércoles.

Llegué en la noche, casi a las ocho de la noche al aeropuerto de Guarulhos. Tomé uno de los buses que hacen servicio desde el aeropuerto hasta la ciudad central, que queda a una hora más o menos. Me bajé en uno de los lugares insignia de la ciudad, la Avenida Paulista. No habría reconocido la parada de no ser por un estudiante mexicano que iba en el bus conmigo y cuyo nombre, por los nervios que tenía, no pregunté.

Allí, al otro lado de la calle me esperaba una amiga colombiana de la universidad. Caminamos juntas por la Haddock Lobo hasta la residencia para mujeres donde estaba viviendo, en una habitación pequeña con baño privado que compartí con ella hasta hoy en la mañana.

La ubicación del sitio daba para caminar a muchos lugares geniales que quedan cerca, aunque la residencia no es tan cómoda y el sector no es tan agradable. Esa primera, la segunda y la tercera noche pude dormir gratis. A partir del sábado tuve que pagar 25 reales* por noche para compartir la habitación. Un precio justo para comenzar el viaje sin gastar demasiado.

*Un real son más o menos 900 pesos colombianos. Ahorrándoles el cálculo, cada noche en un colchón al lado de mi amiga me costaba unos 22 mil pesos.

Jueves.

El día siguiente después de mi llegada no pudo ser más intenso. Y me dediqué sólo a una cosa: acompañar a mi amiga a todo lo que tenía que hacer.

Primero fui con ella a la universidad donde estudia (la FAAP, que caminando desde donde estábamos era a 20 minutos), entré con su carnet mientras ella pedía autorización en la entrada fingiendo que había dejado el suyo en la casa. Es una universidad mediana, conocida más por su exclusividad (la matrícula es muy cara, unos 40 mil reales semestrales) que por su nivel académico.

La FAAP es una de mis dos opciones para hacer un intercambio aquí en Sao Paulo y terminar mis clases de la universidad. Las instalaciones son lindas, eso es todo lo que pude ver durante el rato que estuve. Eso y los bolsos de Louis Vuitton y Chanel de muchas estudiantes. Luego volveré para fijarme bien hasta qué punto me gustaría estudiar allí.

Cuando salimos de la universidad caminamos a una estación de metro cercana para dirigirnos a la Polícia Federal. Gracias a la ayuda de una paulistana supimos que nos servía más un bus que el metro, así que nos fuimos en la ruta que nos indicó. Tuvimos seco al cobrador del bus para que nos avisara dónde bajarnos hasta que llegamos a la parada que era justo a la vuelta del edificio.

En la Polícia Federal -lugar donde se hacen varios trámites que tienen que ver con la documentación de residentes extranjeros en Brasil- una funcionaria incompetente y grosera me hizo sentir como en casa, haciendo esperar a mi amiga más de lo necesario y exigiéndole fotocopias e impresiones inútiles que convirtieron el trámite de media hora en algo eterno.

Como ya eran las dos o tres de la tarde, entré en un lanchonette (como una cafetería) frente al edificio mientras esperaba a mi amiga. Allí me tomé mi primera vitamina (jugo en leche) de aguacate y un sánduche. El jugo no estuvo tan mal, pero creo que prefiero esta fruta deliciosa macerada en guacamole o sencilla con sal. Ya veremos si cambio de opinión cuando pruebe el helado.

Al terminar en la Polícia Federal fuimos en bus hasta un lugar donde mi amiga tenía que comprar un celular porque el que había traído de Colombia estaba bloqueado para otros operadores. Nos bajamos en un sector comercial, con varias tiendas de electrodomésticos y cosas importadas a precios “normales”. El más sencillo de todos los aparatos, a duras penas con pantalla a color, era de 129 reales.

En la tienda donde estaba a punto de comprarlo nos encontramos con un señor que hablaba español y que dijo conocer un lugar donde podíamos desbloquear el celular colombiano de ella para que lo pudiera usar*. Y efectivamente. Unas calles más allá en lo que sería el equivalente a un local de San Andresito en Bogotá, mi amiga pudo desbloquear su celular por 50 reales.

*Suena peligroso, lo sé. Pero creo que cuando uno confía en alguien, sea quien sea y sin importar las circunstancias, se corre cierto riesgo. Supongo que este sujeto no hizo sonar ninguna de nuestras alarmas internas, que son bastantes, y por eso lo dejamos guiarnos.

Al terminar con eso y comenzar el regreso a la residencia pasamos por el preciosísimo Teatro Municipal, una joya arquitectónica que tiene programación sin parar todo el año. Sólo verlo por fuera fue suficiente para que me enamorara. Quiero volver pronto para algún concierto, además del roteiro de Turismetrô que sale todos los domingos a las 2 pm y con el que se puede entrar al edificio.

Mientras volvíamos paramos a tomar algo en otro lanchonette. Esta vez pedí un jugo de acaí. El sabor no se parece a nada que haya probado, pero no es tan extraordinaria como me imaginé. Puede que en el sitio no fuera muy bueno o que quizá sabe mejor la fruta de otras formas. El caso es que lo probaré varias veces más para decidir si es una fruta que me mata o no.

Llegué muy cansada pero feliz por mi primer sustancioso encuentro con Sao Paulo. Aquí pueden ver el mapa de estos recorridos por la ciudad en el primer día. El de los buses es un trazado recto de punto a punto (los bauticé “Líneas aéreas”, porque no tengo ni idea por qué calles pasamos en cada ruta.

Viernes.

Conocí temprano en la mañana el sitio que se volvería mi lugar preferido hasta hoy en la ciudad: la Livraria Cultura. Muchos, muchos metros cuadrados llenos de libros y todo tipo de productos editoriales. Un café decente con suficientes mesas y buen wi-fi. Ninguna otra descripción que haga puede hacerle justicia, la verdad es que es un paraíso paulistano para quienes tenemos debilidad por esas cosas con lomo, portada y páginas.

Allí trabajé un rato (en este mes de “vacaciones” en realidad sigo trabajando a distancia) y luego volví a la residencia para almorzar, de nuevo comí sánduche en un sitio cerca y me puse a organizar un poco mis cosas de la maleta. Hice contacto con una chica de São Paulo a la que conocí por CouchSurfing y quedé de encontrarme con ella para salir a una fiesta de Karaoke que tenía con sus amigos por una despedida. No tenía celular ni nada, así que todo quedó dependiendo del Facebook y de la confirmación de la hora.

Volvió mi amiga de la universidad y fuimos a comprar algunas cosas en un supermercado. Mi única gran sorpresa es que en comparación a los precios de Colombia y para mi gran pesar, aquí las verduras y las frutas son muy caras. Un mercado normal de “fruver” para unos 15 días que en Colombia cuesta 60 mil pesos aquí puede costar más de 250 reales. Quizá sea así sólo en Sao Paulo o quizá sea por el supermercado al que fuimos (equivalente a Carulla), pero igual me pareció increíble. Si sumercé, querido lector, ha tenido aquí una experiencia diferente a la que cuento, por favor dígame en dónde puedo encontrar estos víveres a un mejor precio.

Cuando regresamos a la residencia vi que mi amiga paulistana me citaba en 15 minutos en la estación de metro. No alcancé a estar lista en 10 minutos, claramente. Pero acordamos encontrarnos en otra estación, a la que tendría que llegar sola.

Entonces me aventuré y a eso de las ocho y media de la noche estaba pidiendo indicaciones en el metro para llegar a mi destino. En la estación donde tenía que hacer transbordo para cambiar de línea (troncal) una señora me indicó que tomara el metro en la dirección que no era, así que perdí un rato. Cuando llegué a la estación y vi que no estaba mi amiga esperándome salí a la calle para llamarla de un “orelhão” (teléfono público, muchos ahora están decorados artísticamente) y como no tenía tarjeta llamé para cobrar, cosa que me resultó muy útil hasta que pude activar una sim para mi celular.

Logré hablar con ella pero no conseguía entender el nombre del sitio en el que me decía que estaba con sus amigos. Y antes de que pudiera darme otras instrucciones o de ella ofrecerse a recogerme, se le acabó el crédito y la llamada se colgó. Volví a intentar y ya no contestó más. Me quedé uno o dos minutos mirando en todas las direcciones como esperando un milagro. Pero nada, sólo unas calles oscuras, estancos llenos de borrachines y la impresión de que más bien tenía que salir de ahí rápido.

Luego me enteraría de que el nombre que ella estaba tratando de decirme para que pudiera preguntar a alguien estaba en español: Siga la vaca. Y que unos minutos después de colgarse ella llamó al teléfono público donde yo estaba pero nadie contestó, porque yo acababa de bajar de nuevo al metro.

La verdad es que toda la situación me parecía graciosa. Era mi segundo día y ya me estaba perdiendo. Entré al metro y como ya me había gastado el único tiquete individual que tenía aproveché para comprar un “billete único”, que es una tarjetica para usar en todo el sistema integrado de transporte: bus, metro y tren.

Luego me di cuenta que por lo apurada al salir no me había fijado por dónde había llegado ni cómo tenía que devolverme. Así que le pregunté a un par de chicas que estaban discutiendo algo a la entrada cómo podía hacer para llegar a mi sitio de partida. Una de ellas comenzó a darme unas instrucciones sospechosamente complicadas (digamos que revisé el mapa del metro antes de viajar y la ruta que me proponía sonaba más bien descabellada).

Cuando su amiga soltó una una risa disimulada confirmé que intentaban hacerme perder. Me crucé de brazos y seguí escuchándolas para ver hasta dónde iban a llegar con la broma. Pero entonces llegó un chico a reunirse con ellas y arruinó la diversión; se dio cuenta de lo que hacían y mirándolas con reproche me dijo que no les hiciera caso. Me di la vuelta un poco decepcionada de la humanidad y me acerqué a un inofensivo paulistano joven que parecía recién salido del gimnasio. Con sus amables indicaciones fui capaz de llegar hasta la estación donde comencé.

Salí del metro muerta de la sed, decepcionada pero a la vez contenta por lo loca que había sido la última hora. Ya era algo tarde pero no quería volver aún, entonces decidí entrar a una linda y famosa padaría llamada Bella Paulista, muy cerca de la residencia. Y aunque estaba a reventar como siempre, logré pararme en la barra cerca a donde los meseros traen y llevan algunos platos. Pedí un jugo de melancía (sandía) con capim santo (no recuerdo cómo se llama eso en español, pero ya lo había probado en aromáticas) para calmar la sed e irme luego a la casa, pero no tenía ni idea de que mi noche estaba lejos de terminar.

Un par de jóvenes un poco mayores que yo (25, 27 años) estaban cenando juntos a mi lado. El que estaba más cerca a mí se ofreció a correrse un poco para que no me atravesara en el camino de los meseros. Entonces comenzamos a hablar, porque se dieron cuenta que no era de allí (mi portugués no engaña a nadie).

Terminé contándoles el frustante episodio del metro y la llamada cortada, las paulistas bromistas que intentaban hacerme perder y etcétera. Ellos me contaron que trabajaban en una startup que vende bonos para gimnasio por internet llamada Gympass y que ha tenido mucho éxito en el poco tiempo que lleva. Ambos precisamente estaban vestidos con una camiseta polo que tenía el nombre de la marca. El que estaba más cerca a mí había estudiado ingeniería electrónica en la ITA y un MBA en negocios en el MIT. Había vuelto de Boston para iniciar con otros dos socios esa startup.

Me tomé mi jugo y el que estaba a mi lado pidió un postre que es como la versión brasilera (muy dulce) del brownie con helado. Sirven una torta de chocolate (bolo) que en el centro tiene chocolate líquido (bien espeso y no tan caliente). Romperlo y mezclar torta, relleno y helado es una patada en el trasero para el brownie con helado normal.

Luego de hablar un rato más fuimos a pagar y el que estaba a mi lado pagó por mi jugo porque “quería reivindicar a la ciudad por ese episodio incómodo”. Ya eran como las 10 de la noche.

Cuando salimos me dijeron que no podía quedarme mi primer viernes en Sao Paulo sin hacer nada, que intentara ver dónde estaba mi amiga. El que pagó la cuenta me prestó su celular para revisar mi Facebook y allí encontré que ella me había escrito el nombre del sitio luego de que se cortó la llamada. Me dijo que lo conocía y se ofreció a acompañarme hasta allí mientras su amigo se despedía para irse a su casa en Campinas, a unos 40 minutos de la ciudad central.

De nuevo nada hacía saltar mis alarmas internas, así que fuimos a tomar un taxi para Siga la vaca.

Fue el primer taxi que tomé en esta ciudad . Lo conducía un negro brasilero amante del jiu jitsu muy amable y muy guapo llamado Douglas. Cuando terminó nuestro recorrido me dio su tarjeta para que lo llamara si alguna vez necesitaba un taxi.

Llegamos al sitio, un bar/restaurante con parte para bailar y también Karaoke. La música que sonaba era de ese vallenato universitario que aquí está de moda y que no es mi debilidad. Me conecté de nuevo a Facebook antes de entrar para preguntarle a mi amiga en qué parte del sitio, que es bien grande, estaba. Cuando lo hice vi que me había escrito hacía 20 minutos que se estaba llendo de ahí.

Me rendí entonces de tratar de encontrarla, así que le pregunté a mi nuevo amigo si conocía un lugar cerca que le gustara. Me dijo que no, pero que tenía un sitio de rock/pop con banda de covers en vivo, que era de sus favoritos y que podríamos ir allí. Tomamos otro taxi.

Era más lejos de lo que me esperaba tuvimos que pasar por un tunel que atraviesa el famoso parque Ibirapuera. Este taxista era otro cuento. Un DJ de música house de unos 45 años, que se pasó todo el recorrido poniendo las mezclas de su última grabación y hablando pestes de la electrónica con voces, como la de David Guetta.

El lugar al que llegamos era un bar/balada de pop rock muy agradable. Toda la gente tenía de 25 a 30 años y el lugar estaba lleno. Tenía una barra larga, un escenario mediano y un segundo piso con balcón y mesas de billar.

Al parecer lugares como ése siempre tienen a una banda tocando covers en vivo. Ésa noche había una de cuatro músicos que tocaban con algunas pistas de otros instrumentos en el fondo, y eran buenos. Tocaban hits de los 90 y los 2000 incluyendo muchos hits brasileros que claramente yo no conocía. Y digamos que el highlight musical para mi fue cuando tocaron un cover de A thousand miles. Me dio entre risa y saudade, porque me recordó mucho a una amiga mía.

Mi amigo resultó tener muy buena relación con uno de los bartenders, entonces pude probar mis primeros cocteles brasileros. Uno con sake, uvas y sprite y una caipiroska con fresas. Pasamos un rato genial, bailando la música en vivo y viendo los videos que pasaban en una pantalla gigante mientras se tomaban un descanso. Así hasta las 4 am, cuando iban cerrando el sitio.

Como en la residencia donde estaba durmiendo la llegada es máximo a las 10:30 pm, tuve que quedarme a dormir en el apartamento de él, quien generosamente me cedió su habitación y se quedó a dormir en un colchón en la sala. Dormí como un bebé hasta las 7 de la mañana, cuando el sonido de unos tacones por el pasillo me despertó.

Sábado.

Era la hermana de él, que también vive ahí y que salió temprano para su ensayo. Es cantante profesional de jazz. Yo me desperté, le tomé una foto a la hermosa vista que tiene ese apartamento ubicado en algún lugar de la Oscar Freire y entonces él también se levantó.

Desayunamos juntos y me pudo contar un poco más sobre él: estudió ingeniería electrónica en la ITA e hizo un MBA en negocios (o algo parecido) en el MIT. Volvió de Boston hace pocos meses para iniciar con otros dos socios esa startup de pases para gimnasio. Lo del MIT me impresionó, pero luego me enteraría de que la ITA es reconocida en Brasil por ser una universidad para “genios”, porque es tremendamente difícil pasar.

Él salió a las 9 de la mañana rumbo a la mudanza de su oficina, entonces me dejó en la puerta de la residencia.

Llegué y al revisar mi facebook vi que mi amiga paulistana (la misma del encuentro fallido la noche anterior) me invitaba a encontrarme con ella en la estación de metro más cerca a mi a eso de las 3 de la tarde. Con eso en mente me puse la pijama, activé el despertador y dormí otro rato más.

Mientras me arreglaba sintonicé un rato el streaming de la conferencia de Mejorando.la que hacía el equipo de Maestros del Web y Cristalab en Guatemala. Recuerdo que en algún momento entre ponerme el pantalón y amarrarme los tennis escuché a uno de los conferencistas decir que “viajar es un estado mental, no un estado financiero”. Me quedé un rato pensando en esa frase, sacándola completamente de contexto para aterrizarla junto a mi propia idea de los viajes.

No tengo la experiencia para afirmar algo así, pero estoy de acuerdo a mi manera. Para mí viajar es salir a la vuelta de la esquina y darle la oportunidad a todo de ser una sorpresa. Lo que me tome llegar allí en términos económicos importa muy poco, puede ser lo estrictamente necesario, porque es el motivo lo que más me importa. Y mis motivos casi siempre son diferentes a los que proponen las agencias de viajes, los hoteles con muchos servicios y los rankings de lugares para visitar antes de morir.

Quizá por eso no siento que viajar sea algo difícil, para lo que se necesite mucho dinero y tiempo. Porque incluso cuando voy a una ciudad pequeña que no conozco, así sea a veinte minutos de donde vivo, siento lo mismo que cuando estoy a miles de kilómetros de distancia: espacio en mi cabeza para cosas nuevas, todas las que pueda encontrar. No sobrevaloro ni tampoco subestimo la experiencia de viajar, que para mí es una sola donde sea que esté.

Luego de pensar todo eso y un par de bobadas más, salí para mi cita en la estación de metro. Aproveché para comprar una sim card telefónica en un puesto de revistas y luego me encontré con mi amiga en el metro. Salimos hasta un punto de bus cerca al MASP y esperamos a sus amigos de la universidad: un chino, una brasilera que físicamente podría pasar por japonesa, un alemán y dos suizas.

El viaje duró una hora o algo más. Llegamos a un sector residencial a las afueras de Sao Paulo, de casas gigantes, jardines perfectos y una vista hermosa de las montañas. Allí vive una de sus amigas de la universidad, que nos invitó para una tarde de onces. Lo interesante es que preparó cosas muy brasileras: tortillas de tapioca con brigadeiro (un dulce muy chocolatoso) y beijinho (dulce de leche condensada y coco). Pasamos una tarde muy agradable, charlando de todo un poco hasta que fue hora de volver a la ciudad en el último autobús del día, a las ocho y media de la noche.

Nos bajamos de nuevo en el MASP (Museo de Arte de Sao Paulo, desde donde caminé hasta llegar a la residencia. Llegué cansada a dormir, para levantarme mañana temprano al otro día y salir al roteiro del turismetrô (visitas guiadas organizadas por la empresa del Metro a puntos turísticos de la ciudad los fines de semana) de las 9 am. Puse alarma en el celular y cerré los ojos.

Domingo.

Pero la alarma nunca sonó porque, en algún momento entre las 11 y las 7 de la mañana, el celular se quedó sin batería. Entonces me levanté a las 9 am, decepcionada por haberme perdido el roteiro y pensando que me iba a quedar desparchada toda la mañana. Menos mal mi agenda tiene más memoria que yo, porque cuando la abrí para ver si por cosas de la vida el roteiro era más tarde, me encontré con un plan muchísimo más interesante para mi primer domingo en Sampa.

Resulta que estuve en la Bienal de Tipografía Latinoamericana en Bogotá con mi jefe antes de viajar. Una exposición pequeña de trabajos tipográficos acompañada de varias charlas interesantes sobre esta parte del diseño gráfico, que tuvo como sede principal el Claustro de San Agustín.

Allá me enteré de lo que habría en otras ciudades de latinoamérica en el marco del mismo evento, y estaba Sao Paulo como sede en Brasil. De toda la programación anoté en mi agenda algo que me pareció interesante: un recorrido fotográfico por las calles de Sao Paulo en búsqueda de elementos tipográficos que dejan ver características sociales, económicas y culturales de la ciudad.

El asunto se llama Tipos de Rua y es un proyecto de tres estudiantes de artes y diseño gráfico. El recorrido arranca y se despliega en una de las calles más conocidas de Sao Paulo por ser el hogar de los ambientes más decadentes y pecaminosos de la vida nocturna paulistana (alberga, claro, los mejores bares alternativos de la ciudad): la Augusta. De día es otra cosa, claro. Y fue de día que la atravesamos y que pude conocer la riqueza de arte urbano que tiene esta ciudad. Como admiradora ignorante del graffiti, debo decir que me enamoré del color y la libertad de expresión que respiran las paredes en las calles de la Augusta, conseguida a la fuerza muchas veces.

Luego la parte decadente (que curiosamente se conoce como Baixa Augusta), se transformó al pasar de las cuadras en una de las secciones más chic de la ciudad. Pasando por tiendas de ropa cara y cruzando la mismísima Oscar Freire, terminamos en la Avenida Europa donde está -entre otras muchas de su categoría- la tienda Lamborghini de Brazil. En una sola caminata de unas 4 o 5 horas pude realmente ver los contrastes de clase y comercio de una ciudad tan grand, literalmente rica y multicultural como Sao Paulo.

Hasta ahora la amo con locura y sé que este va a ser uno de los meses más interesantes de mi vida.

En mi Flickr hay algunas fotos de este viaje de un mes en la ciudad más grande de latinoamérica.

Estándar

4 thoughts on “Mi primera vez en Sampa.

  1. Pingback: Intercambio en la USP « Mar acá, mar acuyá

  2. Jorge Churasi dice:

    Servirá de mucho haber leído tu historia en Sao Paulo..me dará mas confianza cuando viaje a Brasil!!
    Me gusto tu historia allá, tiendes dotes de escritora también, felicidades y éxitos.

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