Palabrería, Personal

Un año en Brasil

El 17 de enero de 2013 aterricé en el aeropuerto de Guarulhos. Era temprano en la mañana, no había conseguido dormir casi nada durante el vuelo y sin embargo durante el recorrido en bus hasta la ciudad no pude cerrar los ojos. Miraba por la ventana con la misma ansiedad y emoción con la que vi la ciudad por primera vez cuando me aventuré a vivir en São Paulo un mes en el 2012 y creo que siento lo mismo ahora cuando veo por la ventana de mi nuevo hogar en Sampa. Comienza mi segundo año en Brasil y todavía no puedo creer que haya llegado aquí. ¿Por qué, dentro de todas las opciones posibles de viajes e intercambios, me enamoré de este lugar?

Además de los mensajes a mi familia, la carta escrita/diario de viaje para mi hermana y las relaciones epistolares via email con algunos amigos no ha quedado ninguna crónica de mi viaje, del año bizarro y maravilloso que fue el 2013 para mí. No espero hacerlo ahora, me tomaría demasiado tiempo que la prudencia me indica que debería usar para otras cosas. Pero quiero hacer un resumen para no olvidar.

Llegué a vivir con una persona que al comienzo fue encantadora y me recibió como una profesora de vida. Encontré un cuarto en su casa por airbnb y lo alquilé sin pensar porque era grande y precioso y en un barrio lindo y muy cerca a la universidad. Una mujer mayor pero con un espíritu joven, deportista, bailarina de tango, abuela consentidora, psicóloga eutonista, madre de un ingeniero de sistemas y una artista circense/capoeirista/profesora de yoga. No puedo quejarme completamente de la experiencia de vivir con ella porque aprendí sobre Brasil y la cultura de la clase media-alta en este país mientras viví en su casa. Pero lastimosamente tampoco puedo recordarla con cariño ni buscaría que sigamos en contacto porque resultó ser una persona intolerante a los más mínimos y tontos detalles, negativa y exigente hasta el punto de ser agresiva con sus prepotentes prerrogativas. Con ella aprendí algo nuevo sobre mí misma: tengo la capacidad de ser paciente hasta en las situaciones de presión psicológica más absurdas. Semejante exceso, que desde entonces combato como un leve defecto, me llevó a soportarla durante 6 meses. Las complicaciones de una mudanza en medio del semestre, con mi rutina deportiva que andaba como un relojito y la cantidad de clases que estaba viendo, fueron mi excusa para no salir corriendo.

A las historias bizarras de la obsesión con la limpieza y los detalles de la señora S., con las que hice reír a más de uno -con esa risa compasiva que despiertan las desgracias contadas como si fueran chistes- se le sumaron otras historias: mi sufrimiento indecible con la clase de japonés y el primer fraude financiero del que he sido víctima en mi vida. Ah, las primeras veces. Por primera vez viví con alguien que no fuera familia. Por primera vez me clonaron una tarjeta y me robaron mis ahorros y mi mesada. Por primera vez perdí una materia (ah, ¿no sabían ya de mi ñoñez?). Por primera vez me fracturé y tuve que usar muletas.

La experiencia con la señora S. no merece mas detalles en un blog público como éste, es sólo un manojo de micro-historias que contaré a mis hipotéticos nietos cuando les esté explicando lo que es una bruja en la modernidad.

El episodio de la tarjeta se resume a que por el mal ejemplo del brasilero que paga hasta una cajetilla de cigarrillos con tarjeta, o incluso el chicle para después del cigarrillo, usé demasiado los datáfonos y me busqué un fraude que me asustó y me puso a llorar como una niña chiquita al teléfono con mi papá. Al final el banco me devolvió la plata gracias al seguro, pero ver la cuenta en ceros fue uno de esos momentos memorables del semestre.

También fue un error del tamaño del Fuji matricular el primer nivel de la lengua en el curso de filología, como si yo quisiera aprender japonés para dedicarme a analizar haikus gramaticalmente. No importó cuánto me dedicara, toda la cartulina que gastara en fichitas para “decorar” (memorizar) los kanjis. Intenté aprender japonés en portugués*, al estilo de la facultad de letras (filología) en una materia con tres profesores nissei que le hacían honor a su disciplinada cultura del perfeccionismo. Al final, me dejaron con una nota de 4.7 cuando se pasaba con cinco. A mí, extranjera intercambista que *ni siquiera hablaba bien el portugués y que presenté el examen final con el pie fracturado y andando en muletas.

¿Cómo me fracturé? Todavía no sé, pero tengo una idea de por qué me fracturé. Tenía una rutina deportiva intensa, me dediqué a aprovechar que la universidad tenía cualquier cantidad de cursos e instalaciones. Hacía yoga, “alongamento” (¿stretching?), corría, nadaba e iba a una clase que se llamaba entrenamiento funcional que me dejaba siempre molida al día siguiente. Me gustaba y no me sentía mal, pero era un exceso. El problema fue que no supe parar cuando me comenzó a doler la planta de un pie. Ahora pienso que inconscientemente no quería pasar tanto tiempo en la casa, para evitar mis habituales tensiones con la señora S. Así que seguí corriendo, nadando, haciendo asanas y estirando unas dos semanas, con el dolor.

Un día me sentí demasiado hinchada y adolorida, así que me fui al hospital con la ingenua esperanza de que me formularan una crema o un diclofenaco. Esperé (hospital público dentro de la universidad) unas 8 horas y eran casi las 10 pm cuando la ortopedista me confirmó con la tomografía que tenía una rara “fractura por estrés” y que tenían que enyesar. Ya había llorado en la sala de espera, de angustia y miedo. Pero en ese momento casi me desmayo. No dejé que me enyesaran y me fui cojeando y moqueando hasta la casa. Yo, que evitaba al máximo las complicaciones logísticas, no me imaginaba las dos últimas semanas de clases y exámenes finales con un pie fracturado y andando en muletas por una universidad gigante como la USP.

Esa fractura sólo trajo cosas positivas después, irónicamente. Una amiga brasilera puso un mensaje en su facebook y me demostró el poder del crowdsourcing consiguiéndome prestadas una bota ortopédica (para no tener que enyesar) y unas muletas. Y para completar, me recibió en su apartamento en las residencias de la universidad para evitarme durante los últimos días de clase el trayecto hasta la casa en bus con muletas. Hasta entonces no me había dado cuenta de lo triste y angustiada que andaba por vivir con una persona tan opresiva; el cambio de ambiente me hizo tan bien que casi me fui olvidando de lo grave que era haberme fracturado. Fue sólo esperar a que se acabaran las clases y, con muletas y la ayuda de otros buenos amigos que me ayudaron con su carro, me mudé al apartamento de otra amiga brasilera que me podía recibir por un mes durante las vacaciones cerca al famoso MASP. Y días antes de quitarme la bota me fui de paseo a Minas Gerais con dos francesas, a olvidarme de todo lo triste y recordar los pueblitos con calles de piedra y rodeados de montañas como en donde crecí.

Pasaron muchas más cosas durante esos primeros meses en Sampa, todo lo lindo que implica viajar y vivir en un lugar nuevo con otra cultura y otro idioma. Pero resalto esos momentos que no fueron los más agradables porque fueron con los que más aprendí.

Parece que en ese semestre cumplí con mi cuota de drama, porque el segundo fue sólo risas y diversión. La misma chica que me consiguió las muletas y me alojó en su casa me presentó a una chica argentina que acababa de llegar a hacer intercambio y que, como yo, estaba buscando un lugar para vivir el segundo semestre. Como si hubiera sabido que nos llevaríamos bien, aunque nunca nos habíamos visto, nos juntó y a partir de ahí vivimos juntas los siguientes 6 meses. La experiencia del roomate pero llevada a otro nivel, porque no sólo vivimos juntas durante tanto tiempo si no que nos mudamos juntas más veces de las que yo me había mudado en mi vida. Durante todo el semestre no desempaqué completamente las cosas de mis maletas ni una sola vez. Pasábamos un mes en un lugar, un par de semanas en otro, una o dos noches en otro… Todo sin la menor queja o frustración. Fuimos nómadas y estábamos encantadas de vivir gracias a una red de amigos y conocidos con los que no tuvimos que pagar ni un solo mes de alquiler.

Durante ese tiempo de buena fortuna inmobiliaria, buena parte de lo que ahorré en alquiler lo gasté en cultura y gastronomía. Con una joya de libro que reunía los restaurantes más sabrosos y justos (bueno, auténtico y barato) de la ciudad con comida de todo el mundo –del que hice un mapa en Gmaps y cuyo PDF comparto si me lo piden- conocí la ciudad y comí delicioso. Fui a muchísimos conciertos, a teatro, a cine más de lo que nunca antes y a todas las exposiciones de arte y museos que quise. Todavía no agoté la curiosidad que me genera esta ciudad y no puedo decir que ya la conozco toda, pero estoy segura que la segunda mitad del 2013 fue en sí un bocado gigante de la diversa y jugosa metrópoli que es São Paulo, que me llenó pero me dejó con ganas de más.

Terminé mis materias de la universidad. Para cerrar el año me fui a Rio y después a Bahia. Paraíso terrenal. Playa, olas bruscas y el agua cristalina de cascada para quitarse la sal del mar. Música, candomblé, capoeira. Nos fuimos muy en plan mochilero, con carpa y la actitud de regateo/ratoneo. Hice autostop/carona en la ruta por primera vez, conocí gente generosa y amable que me ayudó a quitarme una tonelada de prejuicios.

Ahora me falta entregar mi tesis, a la que me dedicaré exclusivamente este semestre además de seguir disfrutando la ciudad y viajando por Brasil y los países que por ahora tengo más cerca. Renuncié a la vida nómada y me mudé a vivir en un lugar estable, pagando arriendo de nuevo y compartiendo apartamento con dos estudiantes de doctorado que espero me inspiren en esa última etapa de producción académica. Con mi ex-roomate nómada viajaremos juntas a Argentina en febrero, donde pasaré mi cumpleaños. Después, no sé. Aprendí a planear a corto plazo mientras pueda darme ese lujo. Lo único que quiero a largo plazo es una boleta para el 14 de junio en el Mineirão de Belo Horizonte.

Comienza otro año en Brasil.

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8 thoughts on “Un año en Brasil

  1. Pilar Jaramillo Botero dice:

    Daniela, Te felicito porque sabes transmitir con palabras y un lenguaje sencillo y sin pretensiones todas esas experiencias, con verdadero sentimiento y maravillosa descripción. Me has hecho reír y casi llorar, me he trasladado en mi mente a los lugares y situaciones descritas que has vivido. Ha sido descubrirte en tus escritos. Sigue escribiendo, que te seguiré leyendo…

  2. Pingback: Sambayón | Mar acá, mar acuyá

  3. Pingback: Bob Ross no sabía de huevos podridos | Mar acá, mar acuyá

  4. Constanza González dice:

    HOLA!!!
    Soy Constanza, la mamá de Valeria Cuevas G. y me encanto esta historia real… yo como mamá sentí nostalgia,alegría,orgullo,emoción… quizás será asi con mi Vale!!!
    Te felicito Guerrera! de pronto en algún momento pueda hablar contigo!
    Mil bendiciones.

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