Personal

Salamín

Es media noche del octavo dia que llevo en Argentina. Voy en la primera fila del segundo piso en un bus que va de Bell Ville (en Córdoba) a Retiro, el terminal de Buenos Aires Capital. Voy escuchando Arjona, el vidrio panorámico que tengo al frente está medio quebrado y lleno de cagadas de paloma y a mi lado va dormido un wachito que por poco me apoya la cabeza y las piernas encima, pero soy feliz. Este es el primero de tres países nuevos que conoceré este año.

Córdoba me recordó mucho a Bogotá con sus edificios de ladrillo colorado, con sus árboles y su llovizna con viento frío. Tuve suerte con el clima, o quizá no tanta, porque como venía preparada mentalmente para un calorón húmedo constante me traje toda la ropa de la sección equivocada del clóset. Ni una camperita, ni un pantalón siquiera.
Volamos con Rocío (mi compañera de nomadismo del 2013, cordobesa) a Rosario, gracias a una promoción de TAM en un nuevo intinerario directo desde São Paulo. Habíamos separado asientos en primera clase sin saberlo. Recibimos cual lotería millonaria la mantita y almohada. Nos bajamos en Rosario y Argentina me recibió con sus brazos abiertos en forma de wi-fi libre. Acostumbradas al viaje mochilero y a la amabilidad de los brasileros en la ruta, intentamos hacer dedo/autostop/carona hasta Bell Ville pero nos chocamos de frente con esa seriedad un poco agresiva que surge de la desconfianza para quien no está acostumbrado ni es flexible ante la idea de llevar un par de cuadras a un par de desconocidas.  Después de varios intentos la única que nos llevó del aeropuerto hasta el terminal de colectivos era una chica brasilera. Así que me costaba leer los avisos en español durante el camino, porque hacía más de un año que no lo leía en la calle y porque dentro del carro todavía seguía hablando y escuchando portugués.
En la terminal mi compañera argentina aterrizó en la realidad de las empanadas a 9 pesos, la de las tablas de precios con borrones visibles o papelitos pegados a medias como si escondieran algún premio detrás. Ahí supe que la plata no me rendiría tanto como esperaba y lamenté no haber traído más.
Llegamos a Bell Ville, la ciudad donde nació Rocío y donde vive su familia. Pequeñita y llena de idiosincrasia cordobesa, de familias conocidas entre sí, de abuelos entrañables que esperan el regreso esporádico de sus nietos mientras juegan al tennis en el club deportivo que es el orgullo de sus habitantes o caminan en el lindo Parque Tau por donde pasa un rio navegable y nadable que atraviesa la ciudad. Llego casi al final de la siesta, en la que todo cierra y sólo bolas de heno pasan por las calles. Conozco un kiosko, como una tienda de barrio colombiana donde se consigue -dice la leyenda- de todo. Comienzan los reencuentros de Rocío en el centro de la ciudad y luego nos vamos a su casa, en las afueras.
Y como si fuera propensa a los accidentes de viaje para probar el sistema de salud de cada país, me entra un mugre en el ojo y me arruina la inspección del paisaje en la ruta. El desgraciado se resiste a tal punto que me hace llorar de desesperación, bañarme con suero y agua y rogar que me saquen con depilador una pestaña torcida a la que incrimino injustamente. Al dia siguiente, después de desayunar con Rocío, su madre y una de sus amigas en un lindo lugarcito donde se junta la gente a merendar, me fui a buscar un oftalmólogo para solucionar el problema. Como no había ninguno de turno en el hospital público tuvimos que ir al consultorio privado donde con delicadeza y una deliciosa anestesia el experto me sacó el “residuo vegetal” que me estaba volviendo loca. Afortunadamente no me alcanzó a hacer ninguna herida grave, pero igual tuve que ponerme un antibiótico tópico unos días. El chistecito me salió por unos 360 “mangos” argentinos, muchísimo más de lo que me han costado juntas mis 2 fracturas y mi torción de tobillo en Brasil. Pero ¡cómo agradecí la dramática sensación de alivio con la que salí del consultorio! Valió cada centavo.
Conocí las historias de Bell Ville y su comunidad, entendí la nostalgia de mi amiga por el pueblito de sus cuitas y me enamoré de la ternura de sus abuelos. La noche que llegó Sol (su hermana) con Guillermina (su primera sobrina, recién nacida) fue muy emocionante, también porque comenzó con mi primer asado argentino, preparado por el agrónomo de la familia hermano de Rocío. Nunca deja de sorprenderme el poder de convocatoria y de  que tienen los bebés.
Luego nos fuimos a Córdoba, aprovechando una carona familiar. Me fui tomando mates durante el camino sentada junto a Lucho, un cachorro que era todo un lord acostumbrado al auto. Lindos los arcos de Córdoba y todo lo que había detrás. Nos recibió con un clima frio, lluvioso, bogotano. Eso me sirvió para aliviar la nostalgia que tengo de mi sabanita al lado de los cerros. Nuestra primera parada fue el Mercado Norte, donde comimos en un restaurante árabe delicioso de una familia que hablaba con nostalgia de Armenia y después nos pusimos a pasear por el centro para buscar una bolsa de dormir para mí y un paquete de tabaco para uno de los compañeros de casa de Rocío en São Paulo. No compramos ninguna de las dos cosas pero caminamos por el centro en la búsqueda y al final, cansadas por andar con la mochila a la espalda, terminamos yendo a casa de las amigas de Ro para tomar unos mates frente a la pileta, un reencuentro que les sacó lágrimas a todas. Me sentía viendo una novela argentina de esas que pasaban por Disney Channel y mi adolescente interior se alegró por ellas.
En la noche nos fuimos de fiesta hasta el amanecer a un sitio de esos donde “se reservan el derecho de admisión”, un boliche famoso de Córdoba que abría de nuevo en otro local después de un tiempo de andar cerrado y celebraba con sushi, empanadas, pizza y tragos de Smirnoff con pomelo en frascos de mermelada (una usuaria de Pinterest detrás de esa movida, seguro) gratis para todos. Gente arreglada con chicos algo lentos frente a los brasileros que he visto en circunstancias similares y chicas bastante histéricas, más que las brasileras. Y viejos verdes adinerados en grupos de tres con whiskey en la mano, buscando los tacones más altos.
Fue lindo pasar la resaca con las chicas, hacer las compras en la despensa y cocinar el desayuno-almuerzo. Me hicieron una torta con dulce de leche y la sirvieron con té por mi cumpleaños, así me compraron el corazón. Seguimos con el intinerario de reencuentros de Roen Nueva Córdoba y rematamos el dia en Güemes, un barrio lleno de barcitos con onda y tiendas de boludeces bonitas de diseñadores jóvenes y alternativos. Nos comimos una pizza en el bar que abrió la revista Dada Mimi y fui feliz cerrando así mi primer dia de una nueva vuelta al sol.
Al dia siguiente me fui a recorrer la ciudad. Gran problema el horario de verano con su siesta y los negocios todos cerrados, la ciudad estaba dormida en un sábado laboral. Fui a museos, a las iglesias, a un centro comercial y a una empanadería maravillosa llamada La Alameda donde almorcé locro y humita en chala con vino helado mientras leía los “recados” locos de los former comensales. En la tarde Rocío me llevó a la gran atracción de Córdoba los fines de semana:  la feria de artesanías. Mientras montaban las barraquitas artesanales en la calle nos paseamos de nuevo por las tiendas de Güemes y nos quedamos tomando té. Se nos fue la mano con el tiempo entre sorbos y cuando salimos para recorrer la feria tuvimos que hacerlo a la carrera, porque teníamos que viajar de regreso a Bell Ville en la noche antes de que se hiciera tarde. Así que no tuve mucho tiempo para dejar pastar a la bestia consumista hippie que llevo dentro y dejar que encontrara un mate, la tuve que contentar con un par de aritos/aretes y unos sahumerios/inciensos.
Salimos corriendo para la terminal para pasar el domingo con su familia. Fue un gran asado de bienvenida a Guillermina, con la mayonesa casera de la abuela Luisa, el vino con hielo, la terma con soda y la carne jugosita, grasosita y blandita. Cumplo con la recomendación de mi papá de no irme de Argentina sin probar el salamín, y aunque yo no soy tan fan de los embutidos como él tuve que darle la razón después de probarlo. En la tarde para la hora del mate abrí el quilo de harina P.A.N. y dirigí la manufactura* de las “tortillas” con queso que Rocío quería que probaran en su casa. Ella y su abuela Luisa resultaron ser grandes armadoras de arepas.
En la noche volví a hacer la mochila y de nuevo me subí a un colectivo. Al otro lado del vidrio, abajo en la calzada está Rocío que mira para todos lados esperando para despedirme como una madre. Espero que sepa lo mucho que le agradezco compartir tanto conmigo y espero que pronto hagamos lo mismo en Colombia. Tengo que volver a Córdoba. A las sierras, al chori de Dante, al fernet con coca, a bailar cuarteto de La Mona, a entrar de polizona y tomar mate en alguna clase de la universidad Nacional, al cineclub, a remar o nadar en el rio de Bell Ville… No es suficiente con estos viajes cortitos, me parece. Quiero mini-vidas en cada lugar.
Mientras tanto, pongo Downton Abbey a ver si consigo dormir arrullada por el acento inglés.
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