Personal

Sambayón

Llegué para el amanecer. Calculé mal la hora de llegada, era demasiado temprano y el remis (así le dicen al taxi informal de confianza en Argentina) todavía no había llegado. Me comí la manzana que me empacó Rocío pensando en lo que me había advertido: Martín dormía hasta tarde y no sería muy buena idea despertarlo con una llamada avisando que llegaba im·promp·tu, de sopetón. Carajo, por qué no avisé el día anterior que viajaba para llegar a esa hora. Me confié y se me olvidó cuando tuve en mis manos las llaves de su casa. Ahora tenía que hacer tiempo, así que la solución que se me ocurrió fue pasar (desapercibida), dejar la mochila y salir de nuevo para caminar y comer algo mientras llegaba una hora decente para entrar y presentarme.

Pobre, creo que realmente lo asusté cuando abrí la puerta del apartamento y lo vi en el sofá viendo una maratón de House of Cards por Netflix que había comenzado la noche anterior. Yo lo pensé y él lo mencionó: carajo, por qué no timbraste. De nuevo, me confié por las benditas llaves. El momento incómodo no se prolongó demasiado. En mi caso porque tenía una mezcla de sueño y emoción que suprimía la vergüenza; me gustó demasiado lo que vi por la ventana del remis desde la terminal de Retiro hasta esa dirección en Almagro como para sentirme mal. Y él no se incomodó tanto porque no tiene remedio su buena onda: no sólo encargó que me dieran unas llaves extra de su casa mientras yo estaba en Córdoba para poder llegar independientemente de si él estaba, además -cuando le llegué de sorpresa madrugadísima- salió a comprar facturas para el mate, volvió con la prensa del día para que pudiera contextualizarme y me ofreció una silla en su balcón lleno de plantitas para que pudiera poner ahí al tiburoncín y usar internet. Un santo de la paciencia con superpoderes caritativos.

Martín también es de Bell Ville, durante muchos años fueron vecinas su familia y la de Rocío *mi compañera nómada en el 2013*, y son mejores amigos de infancia con el hermano mayor de ella. Ya acostumbradas a viajar sin pagar hoteles ni hostales ni campings ni hamacas en la playa siquiera, era lógico que yo buscaría un desconocido/amigo de un amigo para alojarme gratis en Buenos Aires una semana y ella me ayudó a encontrarlo, con sus contactos de local. Por supuesto y como siempre, no esperar nada más que un colchón y una ducha hizo que todo lo demás fuera una maravillosa fortuna.

Las primeras horas puse a marcar en el mapa de Buenos Aires todo lo que quería visitar y todo lo que me recomendaban con puntos color azul default y cada día regresaba a convertir los que había visitado en tachuelitas de un color distinto.

La mateína ofrecida por mi anfitrión tuvo su efecto y en lugar de dormirme arranqué ese mismo día a caminar por el barrio (las tachuelitas de azul claro).  Pasé por La Huella, un centro cultural que estaba cerrado y por la misma calle llegué a un almacén en una esquina, viejísimo, que se llamaba La Casa de las Aceitunas y olía precisamente a eso; me hizo pensar en el Almacén Don Manolo de Quino en las tiras de Mafalda, con todos los frascos y latas apilados.

Luego di de frente con el Abasto, un hermoso edificio que solía ser una plaza de mercado como las que me gustan (?) y hoy es un centro comercial como cualquier otro por dentro, salvo por su McDonalds Kosher. Seguí paseando y llegué a La Rica Vicky, restaurante peruano que me recomendó Miguel y que confieso era mi objetivo desde que salí de la casa. No me decepcionó: barato, ogro y sabroso. Una leche de tigre y un ceviche para morirse.

Quisiera destacar en esa primera caminata ya tenía internet en el celular y mi mapa de puntos mágicos a la mano, gracias a la sim que compré tan pronto me bajé del bus en Retiro y que comenzó a funcionar inmediatamente.  En cada esquina sin señalización de nombres de las calles (gran defecto de la ciudad)  le agradecía a Monesvol por estar en una metrópoli que, a diferencia de São Paulo, goza de unas telecomunicaciones decentes y wi-fi libre del Gobierno de la ciudad en un montón de lugares.

Después del almuerzo seguí caminando por la avenida Pueyrredón hasta llegar a la Santa Fe. Y ahí me encontré con el cielo a medio abrir de las boludeces lindas; a medio abrir porque era lunes y al parecer ése es el dia libre de estos chicos, jóvenes diseñadores y artistas dueños de las tiendas, talleres y galerías donde se encuentran libros y publicaciones independientes, ropa, música local de bandas que nadie conoce (aún), muebles y objetos de decoración y todas esas cosas que yo ya decidí no comprar porque me impiden mudarme más fácil. Si, es un sitio hipster. Y me gustó y me enamoré de todo y tiene facebook si les da curiosidad.

Después de sacar a pasear con la mirada a mi consumista interna, volví a la casa a bañarme y descansar. Pero todavía no podía dormir así que al rato, por recomendación de Martín, me fui al Konex que también estaba cerca a ver La Bomba del Tiempo. Llegué tarde pero igual me alcancé a contagiar lo suficiente con la energía de los tambores y volví con mucha disposición a probar el colchón prestado.

(Continuará)

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