Personal

La Carta a Cata

Desde que llegué a São Paulo, hace más de año y medio, le escribo cartas a mi hermana Catalina. Ella vive en Pereira (Colombia) y no puedo llamarla porque no tiene teléfono ni celular ni computador. Bueno, teléfono tiene pero solo lo usa los domingos y en cierto horario… así que pocas veces coincidimos para escucharnos la voz.

Esta situación extraña de incomunicación se debe a que Cata vive en un convento, porque quiere ser Franciscana en una de las comunidades más austeras que hay. Le escribo cartas para compensar o quizá acompañar, con algo patente y aterrizado en palabras, nuestra separación. Porque además de la distancia y el tiempo, muchas otras cosas nos han cambiado y perdido de vista.

Ya hemos pasado meses sin hablarnos, así que mis cartas muchas veces parecen más un monólogo. Una especie de diario de viaje con una que otra pregunta, de aquellas que no son urgentes pero que siento que tengo que hacer. Al comienzo omitía muchas cosas, me costaba relatar y al mismo tiempo hacer que fuera una conversación con ella -aunque sus partes de diálogo vengan como viajando en el espacio todavía a mil años luz- para sentir que la incluía en todo lo que contaba. Había mucha censura en mis primeras páginas, especialmente al no compartir creencias religiosas (yo ya no tengo ninguna) hay muchas cosas que le cuento que podrían aturdirla, preocuparla, atormentarla por mi alma perdida y todas esas reacciones que vienen con la idea de deber, pecado y vigilancia omnipresente del catolicismo.

Después decidí que no omitiría nada más. Que escribiría pensando en la Cata con la que crecí, que era tan diferente a la de ahora y con la que tenía más cosas en común. Eso contradice un poco el proceso de duelo que hice cuando ella decidió irse, con el que enterré la idea de futuro que tenía donde aparecía ella viajando conmigo y donde yo aparecía viendo a sus hijos crecer como la tía más consentidora, entre otras imágenes. Sin intentar llamarla para esa otra vida, tan mía y tan diferente de la que escogió, decidí que mis cartas serían como una ventana, quizá la única en la habitación de su mente a través de la que podría ver cosas diferentes. Así que no omito detalles y me excedo en descripciones. De personas, de lugares, de sensaciones, de miedos, de emociones, de paisajes, de climas, de plantas, de precios.

Si alguna vez lo han intentado, sabrán que cuesta mucho trabajo escribir cartas. Recuerdo en los museos ver aquellas cartas antiguas tan cortas que viajaban por meses con mensajes tan sencillos pero cargadas de tanto sentimiento. O los telegramas, tan prácticos y tan concisos. Parecían todos tener claro qué es lo más importante al escribir a un ser querido, resultando al final con una misiva que todavía podría conmover y transmitir y la <em>saudade </em>e incluso la emoción de las noticias a cabalidad. Yo quería ser así, escribir cartas <em>estilosas </em> a la antigua, con mejores en lugar de más palabras. Leí muchas como inspiración pero al final no me fluían medievales del todo y fui perdiendo interés por refinar el método aquel inspirado en las cartas de Brain Pickings. Otras cosas llamaban más mi atención.

Desde el principio escribí a mano, por ejemplo. La lentitud del proceso me cambia la narrativa.  Al comienzo escribía con un color diferente por cada sesión de carta (unas dos o tres páginas por vez) e inmediatamente me daba cuenta de lo bonita, contraída, pequeña, relajada, tensa o ilegible que podía ser mi letra en diferentes días. Nada que no notara cuando aprendí a escribir, pero es un termómetro que me sigue pareciendo mágico. La sensación de la mano cansada que me hace resumir o despedirme rápido por ese día para continuar al siguiente también es algo que no experimentaba hacía tiempo.

Porque así es, me despido y continúo en la siguiente línea como si fuera un chat en el que ella lee cada pedazo mientras el cuaderno en el que escribo está cerrado y yo por eso tengo que avisarle que voy y vuelvo. Eso hace parte de mi método, que es extender la experiencia. Le mando una carta cada mes, a veces cada mucho más tiempo, así que hago que cuando llegue valga la pena la espera. Lleno cuadernos enteros que me la imagino comiéndose de sopetón. Y esa imagen hace que le escriba más, más desmenuzado, con más detalle. Sobre lo que estoy haciendo y desde dónde le escribo en el momento y también sobre lo que le voy a contar de facto. Como si fuera una libra de chocolate empacada en trocitos de diez gramos.

En la más reciente me obsesioné con el tiempo de lectura, porque sigo queriendo extenderle la experiencia de cada carta. Así que puse a escribir de formas extrañas. En espirales, en caminos que recorren hojas y hojas y luego se regresan, escribiendo una línea en un sentido y la siguiente al revés para forzarla a girar el cuaderno y pasar más tiempo llegando a las palabras. Esa fue linda, hasta me dijeron que podría llevarla a una editorial para publicarla. Además que era en un cuaderno precioso que compré en Buenos Aires, ilustrado por Gabi Rubi en páginas aleatorias con unas flores y unas frases lindas.

Varias veces le escribí a Cata, después de contar alguna cosa escandalosa, que nunca quemara ni donara la carta. Que si se quiere deshacer de ella la mande a casa de un familiar o amigo mío, porque ya la siento como mi patrimonio. Yo, que solo tenía mi celular para tomar fotos y ahora ni eso tengo, hice de esa carta muchas veces mi único resumen visual de todo lo que Brasil me ha regalado.

Quién sabe, a lo mejor un día la ventana se convierte en un puente para que ella cruce de regreso.

 

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