Personal

Dos meses sin celular

El pasado 30 de julio dejé mi celular sobre la mesa de la asistente de LAN que revisó mi pasaporte y tiquete justo antes de abordar al avión que me regresaba a São Paulo desde Bogotá. Lo llevaba en la mano porque había pasado casi todo el tiempo en la sala de espera aprovechando los últimos minutos de internet antes de la desconexión total. Por eso, cuando lo abandoné a su suerte para organizar todo lo que llevaba en los brazos y entregarle mi pasaporte a la asistente impaciente, le quedaba solo un suspiro de batería. En el momento en que lo eché de menos, ya sentada en el avión y con todo dispuesto a mi alrededor como si fuera a hibernar por veinte horas, era demasiado tarde y la llamada perdida que mi amable compañero de asiento hizo para ver si se había caído cerca no tuvo efecto. Pensé en la impaciencia de la asistente en la puerta de embarque y corrí hasta la entrada del avión para intentar ver si ella lo había guardado, pero ya no me dejaron salir y todo lo que pude hacer fue rogar que la llamaran para preguntarle por mi trajinado y querido pashmóvil. Ella respondió (o eso me dijeron) que no vio nada. Y así fue como murió mi celular, hoy hace dos meses.

Era mi reloj. Mi libreta. Mi calendario con las fechas encerradas en círculos de diferentes colores. Mi tablero de post-its. Mi despertador programado. Mi cronómetro de cocina y mi recetario. Mi mapa y mi guía de transporte público. Mi única cámara digital. Mi reproductor de música. Pero a pesar de ser tan multiusos no he sentido todavía la necesidad urgente de reponerlo, así que este tiempo sin él ha sido todo menos una prueba de resistencia o un reto del que llevo un diario. Lo he observado más como una circunstancia que como un experimento.

Y es que no tener celular combina con mi naturaleza.  Ahora aprovecho para darme el gusto de salir sólo con las llaves de mi casa, la tarjeta de transporte y algo de dinero en efectivo, todo en el bolsillo del pantalón o chaqueta. Andar sin bolso ni nada que tenga que cargar en las manos es una de las pequeñeces más placenteras para mí.

Puedo también levantarme todos los días orgánicamente a la misma hora y sin ningún estímulo; salvo cuando estoy realmente cansada o he dormido muy poco, mi gallo interior canta puntualmente a las siete de la mañana. Eso hizo por un par de semanas hasta que llegaron días de menos sueño y más cansancio y dejó de ser tan confiable. Ahí recordé que tenía un celular pequeñito, de esos que a duras penas tienen pantalla, pero que no he logrado desbloquear para usarlo como teléfono. Lo rescaté y adopté como despertador y cronómetro para cocinar. Podría intentar desbloquearlo nuevamente pero no me serviría para ninguna de las cosas que más extraño de tener celular, que no incluyen hacer o recibir llamadas ni enviar sms.

Extraño tomar fotos y anotar cosas. Con mi celular se perdieron un montón de pedacitos de calle, datos de personas, nombres de canciones, expresiones locales, consejos de viaje, direcciones y claves de wi-fi. Sin mi celular dependo más de la libreta y ya he terminado las hojas de un par, pero todavía hay días en que olvido empacarla.

Nunca andaba mirando el celular todo el tiempo, especialmente porque ya estaba acostumbrada a optimizar la batería al máximo para no quedarme sin cámara ni libreta. Hoy confieso que, con ese fin, mi celular estaba un 40% del tiempo en modo avión y por eso seguramente no contesté muchas llamadas ni atendí a mensajes urgentes. Pero ahora que no tengo celular me doy cuenta de la cantidad de espacios que rellenaba con él. En el ascensor, en el tren o metro de camino al trabajo, en la fila del banco o del supermercado, en el café esperando a alguna persona, en el restaurante esperando mi pedido. Y ahora todo lo que hago es mirar lo que sea que esté alrededor. Y en ese paisaje siempre aparece gente rellenando espacios con el celular.

El otro día me divertí mucho con mi situación. Era el final de un concierto gratuito de Gilberto Gil al aire libre en el Parque Ibirapuera de São Paulo. Pausa forzada para un sonido bonito que no tiene nada que ver con lo que estoy hablando:

Mientras sonaba una música todavía muy agradable para despedir a la gente que sonreía de oreja a oreja y se iba medio caminando, medio bailando, yo esperaba a mis amigos que estaban recogiendo sus maletas y mantas extendidas sobre el piso. Otro momento que no podía rellenar con el celular y que pasé observando, también medio bailando. Vagué viendo caras, manos y zapatos hasta que me encontré directo con los ojos de un chico, a unos 30 metros de donde yo estaba. Me divertí un rato sosteniéndole la mirada, pero luego pasó un grupo grande frente a mi y lo perdí de vista. Pasé otro rato observando extraños hasta que el mismo chico apareció frente a mi y me saludó. Resultó que coincidíamos en la falta de celular, yo por aparato y él por batería. Y, sin ningún lugar donde anotar, solo se nos ocurrió una forma para poder quedar en contacto: memorizar el nombre del otro y más tarde buscarnos en Facebook. Después de unos diez minutos de juego mnemotécnico y de bailar una canción del playlist de evacuación del concierto, nos despedimos. Unas horas después yo ya no lograba recordar su apellido. Él salió campeón del ejercicio.

Otro momento de prueba estando sin celular siempre es ponerme de acuerdo para los encuentros. He tenido que ser muy puntual y confiar ciegamente en la puntualidad de los demás. He llegado a fiestas con cientos de personas a intentar encontrar entre la multitud a una o dos cabezas sin ayuda de señales por mensajes de texto. Hasta hoy siempre lo he logrado. Y un par de veces, cuando se me olvida organizar bien el encuentro considerando mi falta de comunicación, he aprovechado para pedirle ayuda a algún extraño con datos en el smartphone para conectarme a Facebook o Skype y así conseguir la comunicación inmediata de la que ando privada. Ahora también son las personas mi única fuente de información geográfica cuando me siento perdida y cada vez que pido indicaciones en la calle recuerdo los regaños de una buena amiga que nunca aprobaba que yo dependiera tanto de los mapas en mi celular. Ella tiene razón, no son indispensables.

Hay gente con la que he tenido que realmente volver a métodos de antaño para seguir en contacto. Con los que no tienen Facebook ni están conectados todo el tiempo desde algún aparato móvil y además de todo están lejos, ahora mi único medio de comunicación es el correo electrónico, que funciona como las cartas y poco sirve para los saludos en tiempo real. Y con los que solo reciben mensajes de texto o llamadas, aplico las visitas casi de sorpresa, como recuerdo que hacían muchos amigos de mi papá cuando yo era pequeña y ésto de la comunicación inmediata no era el conducto regular.

Y bueno, ésos son algunos de los efectos de estos dos meses sin celular. ¿Otros dos? ¿Uno nuevo? Todavía no sé, pero no tengo mucho afán de decidir.

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