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Paseo mineirão

Belo Horizonte

Ay, Minas. De todo lo que he conocido en Brasil, el rincón que más me hace sentir en casa. Y especialmente este fin de semana, todos los colombianos fuimos locales en Belo Horizonte. Como dicen los que saben, el dia del partido contra Grecia el Mineirão parecía la casa de la Selección en Barranquilla.

Nunca antes fui a un partido de fútbol profesional. Mi debut no pudo ser mejor, conocí un nuevo alter ego que “echa madrazos” y grita hasta quedar sin voz, que canta el himno nacional con los ojos cerrados y abraza desconocidos para celebrar un gol.

 

 

Cuando salieron los muchachos a calentar, después de que la multitud eufórica le coreó una bienvenida a la leyenda del arco Faryd Mondragón, le pedí a un amigo que me tomara una foto desde mi silla. No supe cómo describir ese momento, salvo con una sonrisa.

🙂

57.174 personas llenaron el estadio ese día. La masa amarilla de los tricolores, en la que se camuflaban también las camisetas de los brasileros asistentes, parecía querer prolongar ese momento para siempre y no paró el canto del himno aunque se terminara la pista. Y después de solo cuatro minutos ya estaba cantando el primer gol.

Sentada en el primer nivel de oriental, estuve más rodeada de brasileros y otros extranjeros que de colombianos. Pude ver el partido sentada la mayoría del tiempo y eso también resaltó la actitud de hincha manoteadora que me poseía y atraía las miradas de mis recatados vecinos de tribuna, que comían crispetas como si estuvieran en cine. Mi ignorancia sobre fútbol no fue impedimento para sentirme visceralmente conectada con el grupete de “niches” que corrían detrás del balón (que Grecia controló tanto tiempo) un par de centenas de metros frente a mí. Y antes de que pudiera comenzar a quejarme por el sol en la cara, cantamos el tercer gol y se acabó la dicha. Como me habían dicho que sería, se pasó muy rápido. En vivo es así: rápido, emocionante y todos se ven chiquitos.

Disfruté mucho de mi primera experiencia mundialista, pero tengo que darle crédito a dos hinchas queridos con los que compartí parte del paseo, dos chicos que son por mucho los más fanáticos del fútbol que he conocido. Allá nos encontramos, caminamos, tomamos buses y brindamos por la selección. Creo que no habría sido lo mismo si no hubiera andado con ellos.

Con el taxista que coleccionaba extranjeros en una competencia por whatsapp con otros taxistas de Belo Horizonte.

Y una vez más comprobé que las personas son quienes hacen que todo sea más lindo en un viaje. Me alojó la chica más genial de todo Belo Horizonte, amiga de un compañero del trabajo que sin conocerme me recibió en su casa y me mostró -con toda la experiencia y buenas fuentes que tiene una productora cultural- todos los mejores lugares de la ciudad que daba para ver en tan poco tiempo. Cómo me gusta conocer gente así, que comparte sin esperar nada, sólo por el gusto de “espalhar” la buena energía. Ése es el tipo de persona que quiero ser.

Con los chicos y Gigi, la leyenda amazónica.

Belo Horizonte me enamoró muy fácil con sus encantos y con las sugerencias expertas de mi anfitriona, que nació en Amapá (región amazónica) y vive en la capital mineira hace 14 años. 14. Más verde que São Paulo, rodeada de montañas que me recuerdan a los queridos cerros de Bogotá y las lomas de Boyacá, me hizo sentir tan a gusto que me encantaría vivir ahí un tiempo y disfrutar todos los días las delicias de la culinaria minera que es tan famosa en Brasil.

El viaje fue mucho más de lo que esperaba, fueron cuatro días sustanciosos y emocionantes de dormir poco y aprovechar mucho. A veces me siento demasiado afortunada, quizá en mi caso aplica aquello de que Dios le da pan al que no tiene dientes. Pero sé que tengo una lengua que saborea y aprende con ansias para intentar compensar.

Dé lirios.

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El despeluque sonriente

 

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Voy a un partido de la Copa

"Brasil es mi abismo", Daniel Santiago.

“Brasil es mi abismo”, Daniel Santiago.

Vivo en Sao Paulo desde enero del año pasado. Quizá por eso no me ha sorprendido que la ciudad, a tres días del partido de apertura del Mundial de fútbol, no esté toda adornada con parafernalia futbolística ni se respire ese ambiente de Copa que cualquiera se esperaría en la ciudad más importante de Brasil. Desde que llegué he escuchado conversaciones hasta de los más hinchas donde el inconformismo con la situación general del país es protagonista.

Pasé el 2013, mi último año de carrera, en la universidad pública más importante del país: la USP. Conocí gente de derecha y también de izquierda, gente participante de movimientos estudiantiles y muy activa políticamente, bien informados sobre la gestión de este gobierno del PT (Partido Trabajador) en cabeza de Dilma. Hubo protestas en la ciudad que atrajeron la atención mundial por la violencia con que reaccionó la Policía Militar contra los manifestantes. Yo, que no veo televisión y no escucho radio y por esos días andaba con un pie fracturado, solo me enteraba de las protestas y sus detalles por las historias de mis amigos que llegaban de la calle a quitarse el gas pimienta y descansar las piernas adoloridas de tanto correr. Nunca vi nada parecido. Por esos días entendí que no sería la Copa imaginada en el país del fútbol. Por eso ahora no me sorprende la falta de alegría en la calle y hasta el recelo en la mirada de quienes ven una camiseta de la selección brasilera pasando por ahí.

Por eso una parte de mí se siente un poco mal de ir a un juego del Mundial. No es una situación que me gustaría estar apoyando, así no sea ciudadana brasilera. El fracaso de un gobierno social y la ascensión inminente de la derecha con sus fuertes políticas industriales y económicas de crecimiento no me parecen buenas noticias. Sea cual sea el descenlace del Mundial, la política en Brasil pareciera a punto de dar un giro muy brusco y no sé si los problemas por los que la gente está hoy protestando vayan a ser solucionados aunque venga un cambio radical de gobierno.

Para mi el Mundial tiene un tinte mezclado, porque nunca he sabido ser radical. Me emociona ver el boicot a algo que parece ser un anestésico, me parece válido y valeroso exigir respuestas y manifestar inconformismo por los engaños y la falta de soluciones. Pero también me emociona la energía ensordecedora de una multitud que alienta y se puede sentir tan identificada con un montón de símbolos que en otra época y para otros individuos no tendrían ningún sentido.

Así que voy por curiosidad, así como por curiosidad me lanzaría en paracaídas o me iría a Tailandia sola. Y los detalles de esa fecha a la que voy hacen que cuente como la experiencia de Mundial que me interesa vivir: Voy sola a Belo Horizonte, una ciudad que todavía no conozco (pero ya lo estoy planeando), aprovechando que me dieron todo un fin de semana de cuatro dias en la agencia. Voy sola al partido, con una boleta que mi papá me compró en su dia de cumpleaños durante la reventa oficial de la Fifa que fue hace unos días. Es el primer juego de Colombia después de 16 años fuera del Mundial y es un dia 14. No tengo camiseta (lo confieso), pero me la va a prestar un periodista inglés que cubre fútbol colombiano y el dia del juego tiene que irse de corbata.

Es muy bizarro escribir todo esto, pensar en lo mucho que ha pasado conmigo desde que escribí en este mismo blog sobre el Mundial de Sudáfrica y los comerciales del Corresponsal de Davivienda. Creo que el post sobre “organizarse para ir al Mundial” ha sido el más leído después de la guia para usar el SITP. Y no era ni la mitad de útil o interesante.

Si alguien va a estar en el partido con Grecia el 14 en Belo Horizonte, aquí les dejo mis coordenadas. Quien quita que me esté leyendo un vecino y al final no vaya sola.

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